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27.09.26. Santo Rosario. Desde Lourdes…
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El evangelio de hoy nos recuerda la importancia de la acción y la conversión, más allá de las palabras.
Hay discursos que suenan muy bien, pero que luego la realidad se encarga de desmontar. Jesús, en el evangelio de hoy, nos presenta una parábola muy directa sobre esto. Un padre pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a la viña. El primero, con un “no quiero” rotundo, termina arrepintiéndose y yendo. El segundo, con un “voy, señor” entusiasta, se queda en casa. La pregunta es clara: ¿quién cumplió la voluntad del padre? La respuesta, para quien quiera verla, es obvia: el primero. Esto nos habla de que, al final, lo que cuenta es el hacer, el compromiso real, no la mera declaración de intenciones. No basta con decir que vas a hacer algo, hay que hacerlo.
Esto conecta directamente con la primera lectura, del profeta Ezequiel. En un momento de crisis para el pueblo de Israel, tras el destierro a Babilonia allá por el 587 a.C., se empieza a hablar de responsabilidad personal. Hasta entonces, se tendía a culpar a las generaciones pasadas, a la colectividad. Pero Ezequiel insiste: cada uno responde de sus actos. Si el inocente se desvía y obra mal, muere por su maldad. Si el malvado, que había actuado mal, se convierte y hace el bien, se salva. La clave está en la "recapitación", en ese momento de darse cuenta y cambiar el rumbo. El Señor enseña el camino a los pecadores, pero son los humildes quienes aprenden a caminar con rectitud.
La segunda lectura, de la carta de san Pablo a los Filipenses, nos ofrece otro ángulo fascinante sobre la acción y la actitud. Pablo anima a los cristianos a estar unidos, a no obrar por rivalidad o vanidad, sino a considerar a los demás superiores a uno mismo. Y para ilustrarlo, pone el ejemplo máximo: Cristo Jesús. Él, siendo de condición divina, no se aferró a su igualdad con Dios. Al contrario, se despojó de sí mismo, tomó la condición de esclavo, se hizo hombre. Se humilló hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Y aquí viene el giro: por ese abajamiento radical, Dios lo exaltó sobre todo y le dio el Nombre sobre todo nombre. Toda rodilla se doblará ante Él, y toda lengua proclamará que Jesucristo es Señor. Es una paradoja tremenda: la máxima humillación lleva a la máxima exaltación. No es la ostentación, ni el poderío, lo que eleva, sino el servicio, la entrega, el despojamiento voluntario. El que se hace pequeño, es elevado. El que sirve, es hecho Señor. Esto es lo que los primeros cristianos proclamaban, a pesar de que a la mentalidad helenista o judía les resultara escandaloso o una locura que el Mesías fuera un crucificado.
El evangelio de Mateo, con esa parábola de los dos hijos, nos pone en guardia contra la hipocresía. Los sumos sacerdotes y los ancianos, que se consideraban los guardianes de la ley, son los que, en este relato, se parecen más al hijo que dice que sí pero no hace nada. Jesús les dice, con una franqueza que debió dolerles, que los publicanos y las prostitutas, aquellos que estaban al margen de la sociedad y de la religión oficial, van por delante de ellos en el reino de Dios. ¿Por qué? Porque Juan el Bautista les enseñó el camino de la justicia, y ellos, los que se creían justos, no le creyeron. Los otros, los pecadores, sí le creyeron y se arrepintieron.
La cuestión fundamental es la conversión, el "volver". Dios no juzga tanto por la etiqueta que uno lleva, sino por la capacidad de rectificar, de cambiar de actitud, de abrirse a su gracia. Los que se creen perfectos, a menudo son los más cerrados. Los que reconocen su fragilidad, son los que más fácilmente pueden ser tocados por la misericordia divina. El evangelio, en este sentido, es una llamada constante a revisar nuestras propias acciones, a no quedarnos solo en las palabras o en las apariencias. Lo que vale para Dios es el compromiso real, la obra hecha con rectitud, la humildad de reconocer que a veces nos equivocamos y necesitamos volver al camino.
La vida, vista desde esta perspectiva, se convierte en una respuesta continua a una llamada. Ya sea la llamada a trabajar en la viña, a servir a los demás, o a seguir el camino de la justicia. La diferencia entre los que responden y los que no, no está tanto en la facilidad o dificultad de la respuesta inicial, sino en la constancia y en la actitud final. El primer hijo, con su rechazo inicial, muestra una humanidad más honesta, y su posterior arrepentimiento y acción lo validan. El segundo hijo, con su falsa obediencia, revela una falta de compromiso que lo aleja de la voluntad paterna.
En el Salmo 24, se nos invita a pedirle al Señor que nos enseñe sus caminos, que nos instruya en sus sendas. Se recuerda la ternura y la misericordia de Dios, que no se olvida de los pecados de la juventud, sino que nos llama a recordar su bondad. El Señor es bueno y recto, y enseña el camino a los pecadores, pero sobre todo, enseña su camino a los humildes. Es una invitación a la humildad para poder aprender, para poder ser guiados. La espera de Dios es una espera activa, una espera que se traduce en el deseo de caminar rectamente.
La parábola de los dos hijos no es solo una historia sobre quién obedece y quién no. Es una reflexión profunda sobre la actitud interior. El hijo que dice "voy, señor" y no va, no solo engaña a su padre, sino que se engaña a sí mismo. Se queda en la superficie, en la forma, sin llegar a la sustancia. Los publicanos y prostitutas, en cambio, a pesar de su condición social, demuestran una mayor apertura a la verdad, a la llamada de Dios encarnada en Juan el Bautista. Su aparente "maldad" social les ha hecho, paradójicamente, más receptivos a la gracia.
Esto nos invita a una autocrítica constante. ¿Somos de los que decimos "sí" a Dios, a la justicia, al servicio, pero luego nos quedamos en casa? ¿O somos de los que, quizás con un "no" inicial, acabamos encontrando el camino y haciendo lo que se nos pide? La clave está en la conversión, en esa capacidad de rectificar, de "recapitar", como dice Ezequiel. Es un proceso que dura toda la vida, y en el que la misericordia de Dios siempre está presente, esperando que volvamos a Él.
* Ezequiel profetizó tras el destierro de Babilonia en 587 a.C.
* San Pablo escribió la carta a los Filipenses.
* Jesucristo es el centro del mensaje de la segunda lectura.
* Juan el Bautista es figura clave en el evangelio de Mateo.
* El Salmo 24 pide ser instruido en los caminos de Dios.
27.09.26. Santo Rosario. Desde Lourdes…