Segura sitúa a Torrente en Vox y deja al PSOE sin parodia
¿A qué partido votaría José Luis Torrente si dejara el calabozo y se presentara a unas elecciones? La respuesta que circula es que Santiago Segura ha decidido colocar a su personaje más rentable en el entorno de Vox en la próxima entrega de la saga, y el anuncio ha partido en dos a quienes llevan años leyendo la política española como un episodio de la propia franquicia. Porque el personaje nació como caricatura grotesca de un español medio que la izquierda quería ridiculizar, y ha acabado funcionando como espejo incómodo de otra cosa.
El detonante es una escena filtrada que se ha movido por redes, atribuida a la nueva película, y la reacción inmediata de una parte del público: si Torrente es un proxeneta, machista, drogata y analfabeto funcional, el partido que mejor le cuadra no es el que gobierna, sino el que le hace la competencia por la derecha. La discusión ha derivado en algo más interesante que el chiste: en una pelea por ver quién tiene el derecho de propiedad sobre el personaje.
De antihéroe antisistema a tráiler electoral
La primera entrega de Torrente se estrenó cuando el personaje podía leerse como una burla del español casposo, un tipo al margen de todo, sin filiación y sin vergüenza. Veinticinco años después, el mismo personaje se ha convertido en un producto familiar, con secuelas navideñas y una deriva comercial que muchos consideran directamente envilecedora. El giro no es solo estético: es de función. Lo que antes servía para incomodar a la España oficial, ahora sirve para confirmar los prejuicios de una parte de su público.
Hay quien sostiene que la jugada es puro cálculo de taquilla. Si el personaje va a Vox, la película se convierte en un meme andante, en un objeto de consumo que se comparte antes de verse. Y si el estreno cae cerca de una cita electoral, el efecto multiplicador es gratis. La sospecha no es nueva: el propio cine español vive de subvenciones y de polémicas que se retroalimentan.
¿Por qué el PSOE era el destino natural del personaje?
La tesis más repetida en la conversación es que el personaje encaja mejor en el PSOE que en Vox. No por ideología, sino por biografía: el putero, el comisionista, el que se arrima al poder para cobrar la comisión. El caso Ábalos, con su nombre y su apellido, ha hecho el resto. La coincidencia fonética entre Torrente y Torrent, el municipio valenciano del que es natural el exministro, ha sido celebrada como un chiste involuntario que la realidad regaló a los guionistas.
El argumento tiene su lógica: si el personaje es una acumulación de defectos, el partido que lleva décadas en el poder tiene más material del que parece. Los escándalos de prostíbulos, las tramas de comisiones y los viajes oficiales con final imprevisto son un guion ya escrito. Meter a Torrente en el PSOE habría sido más valiente, más incómodo y, probablemente, más divertido. Pero también más arriesgado.
La paradoja de un personaje que ridiculiza y seduce a la vez
El personaje funciona porque dice en voz alta lo que una parte del público piensa y no se atreve a formular. Esa es su trampa: nació para burlarse de ese español y ha acabado dándole la razón. La carcajada del espectador que se ríe del personaje y la del que se ríe con el personaje son indistinguibles en la sala. Y esa ambigüedad es exactamente lo que hace rentable la franquicia.
En el fondo, la discusión no va de Torrente. Va de quién tiene derecho a reírse de quién. Un sector sostiene que la película acabará parodiando a todos los partidos y que el personaje se enfrentará al candidato de su propio partido antes de los créditos. Otro sector cree que el daño ya está hecho: la asociación entre el personaje y Vox se ha instalado en el imaginario colectivo y no hay guion que la desmonte.
Al final, la pregunta no es de qué partido es Torrente, sino de qué partido le conviene que sea. Y esa decisión no la toma el personaje. La toma quien cobra la taquilla.