El PP se compromete a no vetar a Vox y a intentar gobernar en solitario
Hay una frase que resume el estado de ánimo de una parte del electorado de derechas: «el PP no hay que contar con él». No es un exabrupto de barra de bar. Es la conclusión a la que llega un votante que prefiere, literalmente, que siga el actual inquilino de La Moncloa antes que asistir a «otro ciclo falso del PP para que luego vuelva el PSOE».
El detonante es el giro táctico del PP: garantizar que no habrá vetos a Vox y que las minorías «no marcarán el rumbo de España», al tiempo que se compromete a intentar gobernar en solitario. Un movimiento que, según el análisis más repetido, busca captar al votante de centro asustado con la etiqueta de ultraderecha, sin romper del todo el puente con el electorado que ya está a la derecha del PP.
Qué ha dicho exactamente Feijóo sobre Vox
El matiz importa y el ruido lo está tapando. Lo que se ha comprometido es a no gobernar en coalición con Vox, no a aplicar un cordón sanitario. La diferencia es enorme: una cosa es no compartir Consejo de Ministros y otra muy distinta es aislar a la tercera fuerza del Parlamento. Hay quien lo lee como una simple maniobra de campaña: «puede querer que no se le escapen los indecisos a VOX», y de paso mantener contento al votante que no quiere sustos.
La prensa afín al Gobierno, en cambio, titula que el PP «va a pactar con la ultraderecha» y que está en contra de los cordones sanitarios. La respuesta del PP, según el diagnóstico más duro, es ninguna. La campaña permanente del PSOE funciona porque nadie la contesta con datos.
El 35% que descoloca a los críticos
Aquí está el dato que rompe el relato. Con esta estrategia, el PP azul tiene una intención de voto del 35%, que con la ley D'Hont no sería extraño que se tradujese en mayoría absoluta. Es decir: el votante castigado por el discurso del «cordón sanitario» no se está yendo. O no lo suficiente.
El cálculo del PP es simple y cínico: si dependo de Vox, Sánchez sigue; si me votas a mí en masa, Sánchez se va. Es el mismo mensaje que funcionó en Andalucía con la del doberman. La pregunta es si el electorado de Vox va a tragar con el papel de comparsa. «Ni un solo votante de VOX va a votar al PP para que ya que no ganan los míos que gane la derecha», sentencia el análisis más escéptico. Y si eso es cierto, la mayoría absoluta no llega.
El escenario de los 150 escaños
La aritmética parlamentaria manda más que los discursos. Si el PP saca más de 150 escaños, se apañará con los partidos de las autonomías; si supera los 176, gobierna solo. Si se queda por debajo de 150, tendrá que elegir entre el PSOE o Vox. De ahí la obsesión de una parte del electorado: «es importante que no pase de 150, si pasa de 150 la misma mierda es».
El problema es que el PSOE también se mueve. Algunas encuestas lo sitúan ligeramente por debajo de los 100 escaños, y quedan bombas por estallar. Si el desplome socialista se confirma, el votante de izquierdas podría refugiarse en el sucedáneo del PSOE que le garantice barra libre, ante el miedo a que la derecha haga lo que lleva lustros sin hacer.
El factor Alvise y la guerra por el tercer puesto
Hay una variable que nadie controla: Alvise. Sus votos cuestan un montón de escaños a Vox, y por eso le dan aire desde arriba. La hipótesis que circula es que el PP necesita cuatro años más del actual Gobierno para que la gente vote en masa a Vox y a Alvise, y el partido podrido se pelee con el PSOE por el tercer puesto. Suena a conspiración de sobremesa, pero encaja con el poco brío que muestran algunos en la oposición.
El cierre: el dato que descoloca
Con estos mimbres, el PP tiene un 35% de intención de voto y un compromiso de no vetar a Vox que no le cuesta votos en el centro. El electorado de derechas que pide romper con el PP sigue siendo minoritario. Y el que pide lo contrario, también. La única certeza es que la ley D'Hont no perdona, y que 150 escaños es la frontera entre gobernar y pactar. Lo que pase en las próximas elecciones depende de cuántas bombas más estallen. Y de si alguien las desactiva.