Sánchez planta cara a la UE mientras crece el frente anti-Schengen
La crisis de Ceuta ha saltado a la arena diplomática europea. El Gobierno de Pedro Sánchez ha enviado una carta a la Unión Europea en la que denuncia un “ataque a España” por parte de algunos socios comunitarios y pide una reunión de urgencia. El envite llega en el peor momento: Italia, Finlandia y Dinamarca han planteado la suspensión de España del espacio Schengen, y una veintena de países se ha sumado a una carta para exigir explicaciones por la gestión de las fronteras.
Una queja contra el socio, no contra el origen del problema
Lo más llamativo del movimiento no es el destinatario. Es el no destinatario. Mientras Moncloa carga contra Bruselas, Rabat no aparece por ninguna parte. La decisión de llamar a consultas al embajador de Italia —y no al de Marruecos— ha sido leída por buena parte de los analistas como un síntoma de hasta qué punto el Gobierno evita el problema de fondo. Hay quien sostiene que la carta es, en realidad, un intento de desplazar el foco: si la UE se convierte en la agresora, la crisis de Ceuta deja de ser un problema de fronteras y pasa a ser un agravio contra España.
El pulso de Schengen: tres países en pie de guerra
El frente europeo, en cualquier caso, no es unánime. Una de las lecturas más repetidas insiste en que la expulsión de España de Schengen es legalmente inviable y que la Comisión Europea ya la ha descartado. Lo que sí está sobre la mesa son los controles temporales: Italia ya los aplica en la frontera y, según los datos que circulan, durarían un mes. Dinamarca y Finlandia han movido ficha en la misma dirección. La diferencia entre una cosa y otra es sustancial: una cosa es que te pongan un semáforo en la autopista y otra que te echen de la red de carreteras.
Dos lecturas para el mismo aislamiento
Detrás de la batalla política asoman dos explicaciones enfrentadas. Una apunta a una operación de castigo contra Sánchez por su postura en otros conflictos internacionales, con Estados Unidos como telón de fondo. La otra, más terrenal, señala la pérdida de credibilidad fronteriza de España: cuando se ven imágenes de entradas masivas en Ceuta y de la Policía desbordada, el resto de socios europeos saca conclusiones. Y también hay quien recuerda que Italia regulariza más inmigrantes que España y no por ello se ha convertido en el apestado de Europa.
La factura para los españoles que viven y trabajan en otros países de la UE puede ser concreta: controles más lentos, más preguntas en las fronteras, una reputación que se va al garete. El cálculo de cuánto cuesta ese deterioro no está hecho, pero los antecedentes no invitan al optimismo. De momento, la partida queda en tablas: la Comisión ha cerrado la puerta a la expulsión, Italia ya ha abierto la vía de los controles y la carta de Sánchez ha conseguido, al menos, que el debate europeo gire sobre España. Para bien o para mal.