El plan para mover el eje económico de Madrid a Barcelona
El debate sobre el supuesto plan de Salvador Illa y Pedro Sánchez para convertir Barcelona en la capital económica de España ha encendido a propios y extraños. La tesis, aireada en un artículo de
Vozpópuli firmado por Jesús Cacho, sostiene que el PSOE busca compensar a Cataluña tras la fuga de empresas y el desgaste del procés con un trasvase de poder institucional y económico desde Madrid. La reacción no se ha hecho esperar: desde el sarcasmo más fino hasta el análisis demográfico más sesudo, el asunto ha destapado una guerra de cifras que va mucho más allá de la política.
Madrid no siempre fue la locomotora económica
Uno de los argumentos más repetidos en el análisis es que Madrid no siempre ha sido la primera economía del país. Antes de Felipe II, la villa era poco más que un pueblo, y durante siglos la actividad comercial, editorial y financiera se concentró en Barcelona. Hubo que esperar al siglo XXI para que Madrid superara a la ciudad condal en PIB, según sostiene un participante. Ese dato, que desmonta la idea de un centralismo madrileño histórico, se usa para cuestionar que el trasvase de poder sea una anomalía.
El contrapunto lo pone la geografía. Barcelona, se argumenta, tiene problemas crónicos de suministro de agua al haberse opuesto al plan hidrológico nacional, y su crecimiento se ha topado con los límites físicos de la propia ciudad. La población ya se está mudando a Tarragona y Gerona. Convertirla en capital económica sin resolver esos cuellos de botella suena, cuando menos, optimista.
El interior de España sin Madrid sería un erial
El cálculo más repetido en el análisis es contundente: sin Madrid, en la meseta vivirían apenas 4 millones de personas y el país estaría completamente desmembrado. El 30% del territorio concentra el 90% de la población, y más de 42 millones de personas viven en Madrid o en el litoral. El resto, 4,6 millones, habita el 70% restante del interior peninsular.
Esa realidad demográfica convierte a Madrid en una bendición para provincias como Ávila, Segovia, Guadalajara, Cuenca o Toledo, que mantienen una población aceptable gracias a su proximidad. Sin la capital, el interior sería un páramo. La ironía es que muchos de los territorios beneficiados por las infraestructuras y la actividad madrileña son los que ahora, según esta corriente, miran hacia otro lado cuando se cuestiona el papel de Madrid.
El PIB que no cuadra con la capitalidad
Madrid aporta el 20% del PIB nacional, una cifra que, lejos de ser excepcional, está por debajo de la media de las grandes capitales europeas, según sostiene un participante. París, Londres o Praga tienen un peso económico proporcionalmente mayor. Ese dato se usa para desmontar la idea de un centralismo asfixiante: si Madrid fuera el ogro que algunos pintan, su peso en la economía nacional sería mucho mayor.
La comparación con Barcelona también se queda corta. El área de influencia de Madrid, sumando Guadalajara y Toledo, ronda los 8 millones de personas. La de Barcelona, con Tarragona y Gerona, se queda en 7,7 millones. Prácticamente el mismo tamaño. ¿Dónde está entonces el centralismo que justificaría prebendas para Cataluña?
La fuga de empresas y el coste de la independencia
El trasfondo del debate es la fuga de empresas catalanas tras el procés. Miles de compañías trasladaron su sede social a Madrid, y ese movimiento no se ha revertido. La pregunta que sobrevuela es si un plan para devolver a Barcelona su centralidad económica es viable sin abordar antes la inestabilidad política que provocó la huida.
Hay quien sostiene que la concesión de la independencia sería el mayor favor para Madrid: Cataluña dejaría de recibir transferencias y el resto de España se ahorraría el coste de mantener una administración que se quiere ir. Otros, en cambio, advierten de que una Cataluña independiente cobraría peajes por el paso de mercancías y complicaría las comunicaciones del corredor mediterráneo.
El nacionalismo catalán y la fuga de empresas
El análisis más repetido apunta a que el verdadero problema no es Madrid, sino el nacionalismo catalán. La fuga de empresas impulsada por el procés ha debilitado la economía catalana más que cualquier política centralista, según sostiene un participante. Mientras tanto, el PSOE, tras perder todas las capitales y prácticamente todas las comunidades, se centraría en ganar en Cataluña como sea. Igual llevan allí todos sus vicios.
La paradoja es que quien manda ahora en Cataluña fue el responsable del confinamiento sin tener ni idea de medicina, en el que teóricamente es filósofo, según un comentario del debate. Ese tipo de detalles alimentan la desconfianza hacia un plan que, sobre el papel, suena a ingeniería política más que a estrategia económica.
Con estos mimbres, el plan para convertir Barcelona en capital económica se antoja más un deseo que una hoja de ruta. Los datos demográficos, la fuga de empresas y la falta de infraestructuras en Cataluña apuntan en dirección contraria. Pero en política, ya se sabe, los deseos a veces se confunden con los hechos. Y el PSOE necesita Cataluña como sea.