Occidente copia a China mientras señala a Rusia
En octubre de 2022 el gobierno chino anunció que sus ciudadanos no recibirían la vacuna de Pfizer. Poco antes, según se afirma en el debate, la farmacéutica Fosun Pharma —socia de BioNTech en el país asiático y hasta ese año accionista mayoritaria de la compañía alemana— había participado en los primeros ensayos de validación del suero. El dato, aireado en la discusión, sirve de pólvora para una tesis que recorre todo el intercambio: que las democracias europeas han adoptado métodos de control sanitario y financiero que atribuyen a Moscú y Pekín, y que lo hacen mientras señalan con el dedo a sus rivales geopolíticos.
La conversación arranca con una acusación sin matices: que el Partido Comunista Chino opera como una estructura criminal y que Occidente le abre la puerta con entusiasmo. A partir de ahí, el foco se desplaza. Ya no se discute tanto qué hace China como qué hace Europa con el manual chino en la mano.
El pasaporte covid y el euro digital como espejo
El argumento más repetido es el de la simetría. Si en China se implanta un sistema de crédito social, en Europa se diseña un pasaporte digital vinculado a la vacunación. Si allí se restringe la movilidad por estatus sanitario, aquí se condiciona el acceso a locales y transportes al certificado. La conclusión que se extrae es incómoda: no hay dos modelos enfrentados, sino uno solo con distintas banderas.
En ese marco se cita el reconocimiento, atribuido a Christine Lagarde ante un interlocutor que suplantaba a Zelenski, de que el control iría asociado al euro digital. El episodio se usa como prueba de que la arquitectura financiera de la zona euro camina hacia la trazabilidad total del gasto. No es una lectura marginal: atraviesa buena parte de las intervenciones.
¿Quién es el traidor a Occidente?
La pregunta del título se responde de forma inversa a lo esperado. Para un bloque de participantes, los traidores son los gobiernos occidentales que firman en Davos, endeudan a la población y desmantelan la industria mientras culpan a Moscú. Para otro, los traidores son quienes, desde dentro, legitiman el modelo chino y ridiculizan a quien lo denuncia.
El intercambio se encona cuando se menciona que la familia del primer ministro británico Rishi Sunak tenía intereses empresariales vinculados a la implantación del crédito social chino. La afirmación se lanza sin aportar documentación en el material, y se usa como cierre de filas: si las élites occidentales participan del sistema, la rivalidad con Pekín es puro teatro.
La vacuna, el murciélago y el origen del relato
El rastro de la vacuna recorre el intercambio de principio a fin. Se sostiene que el ARN mensajero y los nanolípidos de Pfizer y Moderna se fabrican en China, que el primer estudio de validación se hizo allí y que lo ejecutó personal del Ejército de Liberación a través de Fosun Pharma. La secuencia se completa con el anuncio chino de octubre de 2022: los ciudadanos del país no se pincharían el suero de Pfizer.
La lectura que se extrae es doble. Por un lado, que Occidente se inoculó un producto cuyo principal fabricante renunció a aplicarlo en su propia población. Por otro, que el relato del murciélago y del laboratorio de Wuhan sirvió para tapar vergüenzas regulatorias propias. Hay quien recuerda que las mascarillas ya estaban listas antes de que se decretara el confinamiento, y que en las primeras comparecencias televisadas se elogiaba la fibra óptica nacional como gran logro de la crisis.
La agenda 2030 y los grillos como exportación
El menú de agravios se amplía: los insectos como alimento, el coche eléctrico subvencionado, la vigilancia masiva en Londres —con más cámaras que en territorio chino, se afirma— y la ideología corporativa en las escuelas. Todo ello se presenta como una importación, no como una deriva autóctona. La conclusión que se repite es que Occidente no está siendo conquistado, sino que se está vendiendo solo.
Frente a esa tesis, otra corriente sostiene lo contrario: que lo que se implanta aquí es diametralmente opuesto al modelo chino y, bajo la superficie democrática, más eficaz en su control. La productividad china, se argumenta, no se ha detenido mientras Europa se enredaba en restricciones. El dato que descoloca es que ambas lecturas usan el mismo hecho —la expansión del control— para acusar al bando contrario.
La conversación no llega a un acuerdo sobre quién copia a quién. Lo único que queda claro es que la etiqueta de traidor cambia de dueño según quién la pronuncie, y que el modelo que se dice combatir ya está instalado en la nómina, en el certificado y en la deuda.