El MiG-41 ruso promete cazar satélites y volar en 2025
Un vídeo renderizado, una maqueta y una fecha. Con eso se presenta un caza y se vende una generación entera. El MiG-41, el aparato con el que Rusia dice saltar a la
sexta generación, llega con tres promesas de folleto: primer vuelo previsto para
2025, capacidad de interceptar misiles hipersónicos y armamento capaz de alcanzar satélites en la órbita terrestre. No se conoce prototipo ni motor ni calendario verificable. Hay imágenes.
La carcajada fue casi general. No porque la aviación rusa dé risa —motivos hay para tomársela en serio—, sino porque el punto de partida no acompaña. Según los críticos, quien aspira a la sexta generación todavía no ha conseguido que su quinta funcione en condiciones de combate. Y esa contradicción, más que ninguna otra, ordena todo lo que se discutió después.
¿Qué promete exactamente el MiG-41?
El anuncio es ambicioso hasta el exceso.
Interceptar misiles hipersónicos es hoy el problema más duro de la defensa aérea: implica detectar, seguir y alcanzar un objeto que maniobra a velocidades para las que los misiles convencionales llegan tarde. Y llevar armamento capaz de
alcanzar satélites en órbita supone operar en un techo que ningún caza tripulado ha pisado nunca en combate real.
De ahí el escepticismo material, el que no depende de la geopolítica. Un avión no existe porque lo dibujen. Existe cuando rueda por una pista, cuando su radar enciende, cuando su motor sostiene régimen sin desintegrarse. Hasta 2025, como pronto, lo que hay sobre la mesa son
maquetas y CGI. La fecha límite es la del propio anuncio, no la de ningún observador hostil.
Del Su-57 al sexto: el salto que Rusia aún no ha dado
La objeción más repetida no va contra el MiG-41, va contra su escalera. El
Su-57, el caza de quinta generación ruso, arrastra años de retrasos y de dudas sobre su producción en serie. Hay quien recuerda que la India, socia tradicional del proyecto y con fama de tragar con casi todo,
se retiró del programa. Cuando un cliente poco exigente se baja del barco, el barco suele hacer agua.
El otro frente es el
Su-75 Checkmate, la apuesta monomotor de bajo coste llamada a competir con el F-35. La crítica es que ni su propio fabricante se la cree: se sostiene que Rusia no incluye el aparato en sus planes de compra. Saltar a la sexta generación sin cerrar la quinta antes es, como mínimo, un ejercicio de optimismo.
El cuarteto furtivo que nadie ha visto
De un tiempo a esta parte, la industria militar rusa acumula presentaciones sin producto. Junto al MiG-41 se alinean el Su-57, el Su-75 y el
Armata, el carro de combate que lleva años en el escaparate y del que apenas se han visto unidades desfilando. La broma que resume el consenso: forman un
cuarteto furtivo, tan sigiloso que nunca nadie lo verá.
La etiqueta que flota sobre todos ellos viene de lejos:
Wunderwaffe, arma maravillosa. Alemania la gastó en la Segunda Guerra Mundial con los resultados que se conocen. Cuando un programa se anuncia con capacidades que ningún otro tiene, el anuncio suele decir más del presupuesto que del aparato.
Aerodinámica rusa contra electrónica occidental
No todo fue guasa. La ingeniería aeronáutica rusa tiene escuela y la tiene buena, según quienes la defienden:
libros de matemática aeroespacial por los que pasa cualquiera que haya estudiado la carrera y aviones de una maniobrabilidad que, sostienen, los aparatos occidentales no siempre igualan. Los motores soviéticos tienen fama de brutos y de muy fiables. Y en ese terreno se sostiene que un caza estadounidense triplica en precio a su equivalente ruso.
La contraofensiva de ese razonamiento apunta a la electrónica. Cuanto más depende un avión de sus sistemas informáticos, más frágil es ante un
pulso electromagnético o un cañón de microondas. Un F-35 lleno de sensores puede convertirse en un ladrillo carísimo si alguien apaga la luz. Claro que un caza sin electrónica tampoco gana: solo se cae con más estilo.
¿Sigue teniendo sentido un caza tripulado?
La pregunta se coló en la conversación al calor de Ucrania, donde la guerra se decide con artillería y drones baratos. ¿Para qué un aparato con piloto si un dron de cuatro cifras hace la mitad del trabajo por una fracción del precio? Las respuestas apuntan a funciones que el dron cubre mal: patrullar espacios aéreos, vigilar fronteras, escoltar aviones de mando. A nivel puramente bélico, la relación coste-desempeño queda en el aire.
Es la pregunta incómoda que ningún ministerio quiere responder en público. Y no es solo rusa.
La economía de una guerra de desgaste
El argumento más frío de todos no habla de aerodinámica, habla de caja. ¿Para qué fabricar arsenal nuevo teniendo
millones de armas soviéticas por amortizar? ¿Para qué desgastar el ejército propio si se puede pagar a mercenarios y, de paso, aligerar las cárceles? ¿Para qué escalar el conflicto si la guerra de desgaste erosiona al Estado enemigo sin disparar el gasto?
La conclusión que se extrae es incómoda para los dos bandos: Rusia invierte en tecnología porque no puede permitirse el lujo de estancarse, pero puede que no tenga capacidad económica para fabricar lo que diseña. Diseñar es barato. Producir, no.
Se trae a colación un episodio que descoloca. El
F-117, el avión invisible que iba a reescribir la guerra, apareció sobre Yugoslavia y, según se recuerda en el hilo, los serbios lo derribaron en su primera salida. La invisibilidad, como la sexta generación, dura hasta que alguien enciende el radar y apunta bien. El MiG-41 tiene hasta 2025 para dejar de ser un render.