El vehículo sin puertas atribuido al ejército ruso: cero euros
Un vehículo militar sin puertas, con la chapa a la vista y estética de desguace. La imagen de un vehículo militar ligero atribuido al ejército ruso, difundida en el contexto de la guerra de Ucrania, ha despertado una mezcla de burla y de discusión económica. La contradicción está en el precio: se presenta como una pieza de coste prácticamente nulo frente a los
220.000 dólares que se atribuyen a un Humvee estadounidense. Y ahí arranca lo interesante.
¿Por qué el vehículo no tiene puertas?
La ausencia de puertas ahorra peso, coste y hasta el aire acondicionado, según la explicación que más se repite. El vehículo iría
fresquito en verano y la tripulación se libraría de un sistema de climatización que nadie iba a pagar. Hay incluso una lectura más incómoda: sin laterales, un proyectil atravesaría el habitáculo de lado a lado sin detonar. El chiste es de trinchera, pero señala algo serio, que es la protección de quienes van dentro.
Cero euros contra 220.000 dólares de un Humvee
El argumento más sólido que aparece a favor del vehículo es contable. Un blindado ligero occidental se mueve en el entorno de los
220.000 dólares por unidad; el vehículo en cuestión costaría cero, según sus defensores, porque procede de material ya amortizado o directamente de desguace. El paralelismo que se propone es el del fusil de asalto clásico: barato, simple, reparable en cualquier taller y capaz de funcionar donde la electrónica deja de hacerlo. La conclusión de esta corriente es incómoda: en los dos casos se mata y se muere más o menos igual. Del otro lado, un utilitario de segunda mano comprado por
2.800 euros en 2015 sirve como analogía doméstica de que lo viejo hace el mismo trayecto que lo nuevo.
¿Por qué el blindaje decide quién vuelve a casa?
Porque la diferencia entre un vehículo protegido y una carcasa desnuda no es estética, sino de supervivencia. Para neutralizar un blindado ligero hace falta un lanzamisiles, un RPG potente o fuego de calibre pesado, y los ocupantes conservan opciones. Para neutralizar un vehículo sin protección basta, según el resumen más gráfico que circula, una piedra bien dirigida al conductor. Ese es el coste real que no aparece en la factura: el ahorro en acero lo paga la tripulación. Quien defiende el diseño responde con pragmatismo: en el barro y con barro, un chasis simple se mueve donde otros se atascan.
¿Es ruso o ucraniano el vehículo?
Hay una pieza que descoloca la burla: varias voces señalan que no es ruso, sino un diseño ucraniano, el Luaz 969, un todoterreno ligero fabricado en Ucrania. La identificación se apoya en una referencia enciclopédica, y de confirmarse cambiaría el sentido del chiste, porque lo presentado como torpeza de un ejército sería un vehículo soviético reciclado que ambas partes han usado durante décadas. El dato conviene tomarlo con cautela: la conversación mezcla la procedencia del cacharro con la propaganda del día.
Cuarenta kilómetros de chatarra y misiles más caros que su objetivo
La conversación se desplaza rápido a la macroeconomía. Se habla de
40 kilómetros de vehículos destartalados que en su día ocuparon minutos de telediario, y se calcula que los misiles que Occidente envía a Ucrania valen muchísimo más que la chatarra que destruyen. El planteamiento es que la ayuda militar se compone de arsenal próximo a la baja: material declarado obsoleto a punto de ser retirado. Sobre ese terreno se ha construido la corriente más crítica, la que sostiene que las mismas corporaciones que vendieron las vacunas venden ahora las armas y que, mientras las familias se aprietan el cinturón, los grandes fondos baten récords de beneficios. La tesis, que también se ha asociado al relato de la pandemia, no aporta ninguna verificación más allá de la coincidencia temporal, y una coincidencia no es un argumento.
¿De dónde salen estos vehículos: de museos o de desguaces?
De los almacenes, responden unos; de los desguaces, corrigen otros. El punto de partida compartido es el volumen de inventario acumulado desde el último conflicto serio, que se sitúa en los años ochenta, en Afganistán, mientras el material más moderno se reservaría para otros escenarios. De ahí salen dos interpretaciones opuestas. Para una parte, es la prueba de que la capacidad industrial se sostiene sobre existencias antiguas. Para otra, es la confirmación de que se está sacando lo que estaba pendiente de baja. La misma imagen sirve para las dos lecturas, y eso explica que la discusión no avance.
Sobre ese fondo aparece también la idea de que en España se pagan
200.000 euros por un vehículo que tampoco lleva puertas, y la comparación con la industria espacial que sigue recurriendo a cápsulas de los años sesenta.
La pregunta sigue abierta y no tiene respuesta cerrada: si el blindaje es lo que decide quién vuelve a casa, ¿por qué el argumento del ahorro se impone en la conversación pública cuando el ahorro lo acaba pagando la tripulación?