Correr está de moda: el ahorro, a debate y las rodillas lo acaban pagando
A mediodía, con todo el calor, o a las once de la noche. Entre esas dos franjas aparecen cada vez más corredores por paseos marítimos y calles de barrio, y ese detalle —más que cualquier estadística de licencias— es lo que ha encendido la sospecha: ¿el
running es una afición deportiva o un ocio de bajo coste disfrazado de tendencia? La discusión mezcla precios de material, presión de grupo y salud articular, y nadie ha cerrado el balance.
La versión económica tiene su lógica. Una vez adquirido el equipo, las horas de ejercicio son gratuitas. Frente al gimnasio, que en un caso concreto se cifra en
25 euros al mes, salir a correr no exige cuota. Lo que ocurre es que ese ahorro se evapora en cuanto el aficionado entra en el circuito del material, y ahí las cifras dejan de ser simpáticas.
¿Es el running un ahorro real o un gasto disfrazado?
Depende de por dónde se entre. Se argumenta que basta con cualquier zapatilla bien ventilada para dos o tres salidas semanales de media hora, y que el coste inicial puede ser directamente nulo. Es la cara
lonchafinista del asunto. La otra la dibuja, según un forero, quien ya no sale a correr, sino a medirse: dispositivos de más de
1.000 euros entre reloj y teléfono, zapatillas de
150 y otros
300 en gorra, gafas de sol, camiseta y pantalón. Encima, según ese mismo forero, cada carrera popular de fin de semana cuesta unos
10 euros.
Con esas cifras sobre la mesa, la etiqueta de deporte económico queda, en el mejor de los casos, incompleta para quienes sostienen esa lectura.
¿Por qué se lesionan las rodillas de los corredores?
Aquí el asunto se pone serio. Un forero con las dos rodillas dañadas, fascitis y un tobillo tocado atribuye sus lesiones a correr sobre superficies duras. La explicación que manejan quienes practican este deporte pasa por la superficie y por el tipo de pisada —pronadores y supinadores no deberían calzar lo mismo—, y también por el peso: por encima de
75 kilos, advierte un corredor, la amortiguación deja de ser un capricho y se convierte en protección articular.
La advertencia clave es la edad. A los 20 o 30 años no hay dolor; después, el cuerpo pasa la factura de todo el deporte mal hecho. Nadie firma una solución mágica, y menos desde la barra de un bar.
Bici, natación y la manía de correr con la lengua fuera
Frente al impacto constante, las alternativas ganan terreno. Una bicicleta vieja recuperada del olvido se pone a punto por
60 euros —cámaras, cubiertas, zapatas y herramientas—, y una bici normal de
300 sirve para rutas de 25 a 40 kilómetros. La natación presume de material mínimo: bañador, gorro y gafas, con modelos desde
7 euros en las grandes superficies, aunque las graduadas suben a
40 y en España se han llegado a pagar al doble.
El único punto sin consenso es el gasto calórico. Unos sostienen que treinta minutos de natación a tope queman mucho más que correr; otros responden que no existe ejercicio que queme más que la carrera. Nadie lo zanja.
¿Moda de manada o adicción a las endorfinas?
Sobre el origen de la tendencia conviven dos relatos. El primero es social: menos fumadores, menos tertulia de bar y una masa que se desplaza adonde lo hace la mayoría, argumento gregario sin más prueba que la observación. El segundo es químico: el cerebro libera endorfinas durante el esfuerzo, y hay quien describe el incumplir la rutina como una culpa que sienta físicamente mal.
Entre ambos queda una estampa que irrita a más de uno: el que sube al monte a toda velocidad, mirando al suelo, y proclama que disfruta del paisaje.
El corredor de verano y las carreras de fin de semana
No todos los que llenan las aceras lo hacen por convicción. Una parte del fenómeno se atribuye a la estacionalidad: quien se echa a correr solo en verano, según algunos foreros. A eso se suma una oferta creciente de pruebas populares en cualquier municipio, con inscripción de pago, que empuja a alargar distancias y ritmos sin mejorar la técnica. Es la sospecha de que el negocio empuja más que la salud.
Lo único medible de todo esto es la factura. El equipamiento puede quedarse en cero o dispararse por encima de los mil euros, la cuota del gimnasio se esquiva pero las zapatillas se gastan, y las articulaciones —las de quien tiene más de 75 kilos y corre cada día sobre asfalto— no entran en ninguna hoja de cálculo.