Reparto de merengue en Ceuta: el simbolismo que acabó en controversia
Hay gestos que se explican solos. Una figura pública, conocida por su activismo a favor de la migración «ordenada y humanitaria», aparece en una playa de Ceuta repartiendo merengue entre un grupo de personas migrantes. Hasta ahí, todo encaja. La paradoja llega cuando se ve la escena completa: la protagonista no se separa del coche, la puerta abierta, el escolta pegado, y un vídeo que dura apenas unos segundos. La imagen condensa mejor que cualquier discurso lo que muchos consideran la gran contradicción del progresismo: predicar la apertura sin apartarse del arranque.
El coste de la foto
Las críticas no tardaron en centrarse en el componente económico. «La excursión la pagamos Paco y Charo», viene a decir una parte del análisis: el vehículo, el dispositivo de escolta, el tiempo de los funcionarios. El gesto se interpreta como un «chiringuito» con cargo al erario, una acción de imagen destinada al lavado de cerebro social. Ni langosta ni vino dulce, como se llegó a plantear con ironía; basta con una bandeja de dulces para que la foto salga redonda. El problema es que la foto, en este caso, no engaña: la activista parece más pendiente de la puerta del coche que de las personas a las que ofrece el postre.
Algunos espectadores, más atentos a las normas de tráfico que a la escena, recordaron que un vehículo con la puerta abierta y en marcha tampoco es el mejor ejemplo: la multa por no llevar el cinturón asciende a 200 euros y 4 puntos del carné. Una anécdota que subraya lo absurdo de la escena. Pero la conductora no llegó a moverse; el gesto fue tan rápido como el vídeo.
¿Solidaridad o postureo?
Hay quien lee el gesto como un acto de concienciación, una forma de acercarse a los migrantes más allá de las vallas. Otros lo ven como la demostración empírica de que el discurso solidario no resiste el contacto con la realidad: si hasta la propia activista va escoltada, ¿qué se puede esperar del resto? Entre medias, las acusaciones de postureo, de colaboracionismo con Marruecos, incluso de pertenencia a servicios de inteligencia extranjeros. Nada de eso ha sido probado, pero la desconfianza hacia el activismo profesional tiene aquí un nuevo ejemplo.
La cuestión de fondo es económica: quién paga estas puestas en escena. Los críticos hablan de un sector que vive del dinero público, los llamados «chiringuitos de la izquierda» que se dedican a fabricar moralidad con la cartera ajena. La visita a la playa, con escolta incluida, es para ellos un gasto injustificable en un momento en que la presión migratoria sobre Ceuta no deja de crecer. Los defensores, por el contrario, sostienen que la visibilización tiene un valor social que no se mide en euros. Pero el vídeo del merengue, con la puerta del coche abierta, pone en duda incluso ese cálculo.
La imagen de la activista pegada al coche, con el postre en la mano y el pánico en la mirada, no es solo una anécdota viral. Es el retrato de una política migratoria que se debate entre el discurso y la realidad. ¿Cuánto cuesta realmente la solidaridad cuando quien la predica no se atreve a caminar veinte metros sin escolta? La pregunta sigue en el aire, como el merengue a medio repartir.