11-M: la sombra de Rubalcaba y el relato que nadie cierra
El 11 de marzo de 2004, diez bombas estallaron en cuatro trenes de Madrid, dejando 193 muertos y cerca de 2.000 heridos. Veinte años después, la versión oficial sigue sin convencer a un sector de la sociedad que señala a Alfredo Pérez Rubalcaba —exministro del Interior y portavoz del PSOE— como pieza clave en una trama que habría ido mucho más allá de un atentado yihadista. ¿Qué papel jugó realmente el entonces candidato a la sombra? ¿Por qué el PP de José María Aznar tragó con una narrativa que lo hundió electoralmente?
La figura de Rubalcaba en el centro de las sospechas
Las teorías alternativas sobre el 11-M sitúan a Rubalcaba como un actor con información privilegiada. Según estas hipótesis, el exministro del Interior —quien había sido portavoz del Gobierno de Felipe González y estaba vinculado a la lucha antiterrorista contra ETA— habría conocido de antemano los planes del PP para montar un falso atentado de baja intensidad atribuible a ETA. La versión que circula en los círculos escépticos sostiene que Rubalcaba aprovechó el desastre real para voltear la estrategia del PP y ganar las elecciones del 14-M. No se le atribuye autoría material, pero sí un papel de «espabilado con información privilegiada», en palabras de algunos análisis, que supo leer el tablero y orquestar una campaña de propaganda que cambió el rumbo del país. El expediente Royuela, mencionado en el debate, relaciona transferencias de la mafia de Mena con algunos de los implicados en la masacre, apuntando a conexiones no exploradas oficialmente.
La hipótesis del atentado falso que se volvió real
Una de las teorías más detalladas sostiene que el PP había planeado un atentado falso (sin víctimas mortales) utilizando 4 mochilas de Goma 2 ECO en los vagones número 1 de cuatro convoyes, con el objetivo de atribuirlo a ETA y rentabilizarlo electoralmente. Sin embargo, alguien —quizás facciones de la OTAN o servicios extranjeros— habría conocido el plan y lo habría convertido en una masacre real. El resultado fue que el PP, atrapado entre su propia mentira y la catástrofe, optó por callar para no parecer cómplice del baño de sangre. «Prefirieron quedar como mentirosos antes que como asesinos», resume una de las corrientes de análisis. La confusión inicial sobre el número de mochilas (12 o 13 en la versión oficial frente a 4 en la teoría conspirativa) y la insistencia del Gobierno en atribuir el atentado a ETA durante tres días serían pruebas de que algo no encajaba.
La mano extranjera: OTAN, Francia, Marruecos y Estados Unidos
Las hipótesis geopolíticas apuntan a que España pagó el precio de la implicación de Aznar en la guerra de Irak y su acercamiento a Estados Unidos. Una tesis recurrente es que Francia y Marruecos, con la aquiescencia de Washington, orquestaron el cambio de régimen para castigar a Aznar y alinear a España con una agenda más «progresista». Se menciona la muerte del sargento del CNI José Antonio Bernal en Bagdad en octubre de 2003 como una advertencia previa. Otro hilo mantiene que la «facción europea de la OTAN» fue la responsable, en un operativo militar más que terrorista. La negativa del Gobierno español a aceptar ayuda de expertos estadounidenses e israelíes en la investigación también despierta sospechas: ¿por qué rechazar cooperación si no había nada que ocultar?
El silencio cómplice del PP y la instrumentalización electoral
Quizás el dato más llamativo para los escépticos es la pasividad del PP a la hora de esclarecer los hechos. Si el partido gobernante fue víctima de una conspiración que le costó el poder, ¿por qué no ha exigido una investigación exhaustiva en estos veinte años? La respuesta que emerge del análisis es que el PP sabía que su propia operación de falsa bandera había sido descubierta y probablemente utilizada en su contra, y que cualquier intento de indagar solo habría destapado sus vergüenzas. El Manifiesto de Gran Vía, atribuido a trabajadores de la Cadena SER, documenta supuestas manipulaciones informativas para influir en el voto. La coincidencia de que el PSOE, con Zapatero a la cabeza, no pidiera la suspensión de las elecciones, y que el PP tampoco lo hiciera, refuerza la idea de que ambos partidos estaban más preocupados por el resultado electoral que por la verdad.
El 11-M sigue siendo un terreno pantanoso donde la versión oficial convive con un magma de preguntas sin respuesta. La muerte en 2010 del periodista Javier Oyarzábal, coautor de un libro crítico con el relato oficial, la expulsión del policía José Luis González Clares (alias «El Moro») por un montaje con dinamita del mismo tipo que la usada en los atentados, y las declaraciones del comisario José Manuel Villarejo sobre la infiltración del Opus Dei en el aparato del Estado, mantienen vivo un debate que la justicia y los medios han dejado en un incómodo silencio.