La inflación que no da tregua: cuando el precio del aceite se multiplica por cinco
La sensación de estar siendo desplumado a diario se ha instalado en el discurso cotidiano. No es solo el aceite, que ha pasado de 1 euro a 5 en poco tiempo; son la vivienda, el coche, el ocio y hasta el champán de los champiñones. Cada vez que se mira el recibo, la cuenta corriente parece encogerse. El dato oficial de inflación modera su subida, pero la percepción real es que los precios de los básicos se han disparado muy por encima del IPC que publica el INE.
El abuso de precios como constante
Hay quien sostiene que la estafa no es puntual, sino estructural. Que lo mismo ocurre con la vivienda (pisos que valen 100 millones de pesetas que hace 60 años costaban 100.000), con los coches (40.000 euros por un utilitario de plástico) o con los hoteles (1.000 euros la noche en un establecimiento cutre). La lista es larga y el denominador común es el mismo: el ciudadano medio paga cada vez más por menos calidad. No es una teoría de la conspiración, es una constatación empírica que cualquiera puede hacer el primer día de mes.
El escepticismo como respuesta
Frente a esta realidad, una parte del análisis se refugia en la pasividad general: mientras el consumidor tenga lo básico —calefacción, nevera llena—, apenas protesta. Otros, en cambio, lanzan acusaciones más duras: que los grandes grupos empresariales actúan como una red de complicidad silenciosa. No hay dato que lo pruebe, pero sí una coincidencia en la experiencia: el marginalismo en los precios no parece fruto del azar. El debate, llegados a este punto, se enquista entre quienes creen que es un capitalismo desbocado y quienes ven una estafa organizada.
Con los salarios estancados y los precios en escalada, cada vez más hogares se preguntan si el sistema está diseñado para que no se pueda ahorrar. Y la respuesta, por ahora, no la tiene nadie. O sí, pero no interesa.