El eclipse destapa la misma gilipollez que arruina a los ahorradores
Ver el sol de frente sin protección es la metáfora perfecta de nuestra relación con el dinero. El mismo impulso que lleva a miles de personas a quemarse la retina —y a una política de Ciudadanos a quedarse ciega— alimenta las burbujas especulativas y los chiringuitos financieros. Quien no aprende de un eclipse, difícilmente va a aprender de un folleto de inversión.
Hay una corriente que se ríe del espectáculo: “futuros vendedores de cupón”, los llama un análisis. Y otra que responde que los críticos tampoco son nadie para dar lecciones, porque los mismos que se burlan caen en el terraplanismo o en el fervor por el Mundial. La gilipollez, efectivamente, no entiende de sexos ni de ideologías.
La anécdota de la política de Ciudadanos que perdió la vista mirando el eclipse es el detalle que condensa todo. No es un caso aislado: cada evento masivo deja su colección de incautos. Lo preocupante es que esos mismos incautos son los que luego firman hipotecas de 50 años o invierten en criptomonedas sin leer las condiciones.
Entre el eclipse y la cartera solo hay una diferencia: el sol tarda unos minutos en dañar la vista, mientras que la mala inversión tarda unos años en vaciar la cuenta. Pero el mecanismo mental es idéntico. Y mientras tanto, los que llevan gafas de soldador ven la luz; los demás ven manchas y lo llaman clarividencia.