La industria española que no ves: gigantes invisibles y un mito que se desvanece
En Palencia, un salario bruto de 70.000€ genera más capacidad de ahorro que 90.000€ en Madrid. El diferencial no es marginal: ronda los 3.000€ mensuales para una familia con vivienda y colegio. Pero eso no es lo que preocupa a los que miran el mapa industrial patrio. Lo que se debate es si España aún fabrica algo que no sean cafés con leche y género de bisutería.
Lo cierto es que la lista de compañías 100% españolas en sectores de alto valor añadido es más larga de lo que la mayoría imagina, pero tiene un problema: casi ninguna vende directamente al consumidor. Son fábricas de componentes, ingenierías, acerías y empresas de defensa que trabajan para terceros. Gestamp, Acerinox, Viscofan, Maxam, Indra... nombres que no salen en el etiquetado del súper pero que facturan miles de millones y compiten en mercados globales.
El mito del desmantelamiento industrial
Hay quien sostiene que la industria española fue liquidada durante la transición y la integración europea. Señalan a Navantia, Talgo, CAF, Irizar y Beulas como supervivientes de una matanza programada. Otros recuerdan que la SEAT acabó en manos de Volkswagen, Pegaso en Iveco, y Santa Bárbara en General Dynamics. "A España se le permitió engancharse a la impresora de dinero infinito a cambio de ceder industria", resume un análisis recurrente.
Pero la otra cara de la moneda la ofrecen quienes sostienen que el problema no es la capacidad productiva, sino la inexistencia de marcas de consumo. "España tiene músculo industrial serio en B2B, lo que no tiene son marcas de consumo final", argumentan. Y ponen ejemplos: Gestamp, top 5 mundial en componentes de automoción con 13.000 millones de euros de facturación; Viscofan, líder global en envolturas de embutido con el 40% del mercado; Técnicas Reunidas, que diseña refinerías para Aramco; o Indra, cuyos sistemas de gestión de tráfico aéreo se exportan a 160 países.
El debate de fondo: decisiones políticas vs. fatalidad histórica
La comparación con Francia es inevitable. Francia apostó por independencia estratégica: nuclear propio, Airbus, Dassault, grandes écoles y una política industrial centralizada durante 70 años. España tuvo el INI de Franco, que funcionó razonablemente, y lo desmanteló sin sustituirlo por nada. La transición decidió que industrializar era cosa del pasado y que el futuro era el ladrillo y los servicios.
Hay quien apunta a la demografía: en 1800 España tenía 10 millones de habitantes, Francia 30. Pero luego vienen los contraejemplos: Países Bajos con 2 millones en el XVII construyó un imperio comercial; Suiza con 8 millones hoy es potencia industrial; Israel con 9 millones exporta más tecnología militar que España. "La diferencia no es cuántos somos, sino qué decisiones institucionales se toman", sentencian.
Otro factor recurrente es el papel de las materias primas. Asturias tenía carbón (Hunosa llegó a 6 millones de toneladas/año) y el País Vasco hierro de primera calidad. Pero se exportaban en bruto a los altos hornos británicos, y España se quedaba con las migajas. Mientras, Alemania sin gran cosa en 1800, para 1900 era primera potencia industrial gracias a la apuesta de Bismarck por educación técnica y banca de inversión.
Lo que queda: entre el pesimismo y el realismo B2B
Al final, el consenso implícito es que España no está desindustrializada, sino mal industrializada. Faltan marcas globales de consumo, sobra dependencia de la ingeniería financiera y el ladrillo. Empresas como Puig, Grifols o Ercros son excepciones que confirman la regla. La industria militar y de defensa (Navantia, Indra, Urovesa) aguanta, pero en manos de capital público o mixto, y siempre bajo amenaza de privatización.
Queda la pregunta abierta: ¿es posible revertir la dinámica, o el modelo económico español está condenado a ser el taller de Europa, pero sin marca propia?
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