Por qué el verano es, para muchos, la peor época del año
Con la cuarta ola de calor apretando y las noches que aún no refrescan, un sector de la población no compra el discurso de la estación feliz. No hablamos de un gag ni de una pose de antisociales: hay una corriente sólida que considera el verano «la peor época del año», y esgrime argumentos que van del cortisol a la masificación. La queja no es nueva, pero cada verano gana intensidad.
El calor no tiene solución: versión española
El punto de partida es casi físico. Con el frío, uno se abriga y listo; con el calor, te quitas ropa y sigues sudando, y la vía pública no permite desabrigadarse más. Esa asimetría explica buena parte del malestar. A ello se une la combinación letal de playas y montañas abarrotadas, planes obligados y una agenda social que en agosto se vuelve innegociable. El resultado: quien odia el verano se siente culpable por no disfrutarlo, como si tuviera la obligación de ser feliz porque hace sol.
Hay quien lo plantea en términos de clase: «Para el lumpen y el pobre el verano es casquivano; para los que veraneamos, algo a exprimir». La frase es dura, pero destapa la brecha sociológica. Quien vive en un piso sin aire acondicionado y lejos de la costa no tiene escapatoria; quien puede, se va. La diferencia no es solo térmica, es de cartera.
El huso horario: la batalla de las 22:00
Uno de los frentes más originales es el de la luz. A las diez de la noche, en buena parte de España sigue siendo de día, mientras que en Varsovia ya es de noche desde hace más de una hora. Esa desincronización con el huso horario real provoca, según los detractores, picos de cortisol, estrés y un descanso de mala calidad. La petición de fondo no es nueva: volver a la hora solar o, al menos, recuperar el ritmo de los países vecinos. El argumento conecta con la vieja reivindicación de revisar el huso horario español, y en la conversación se mezcla con el «estrés lumínico» de los días interminables.
No falta quien responde que el problema no es el huso, sino la falta de costumbre. Pero la comparación con Varsovia a la misma hora es contundente, y el pulso sobre la luz no se limita a una preferencia estética: afecta al sueño, al ánimo y a la productividad.
Turismo de masas: la gota que colma la paciencia
A la incomodidad física se suma la humana. El verano es la estación en la que las calles se llenan de turistas, y no hace falta irse a un país lejano para encontrarlos. La anécdota del eclipse sirve de resumen: alguien se hace más de 1.000 kilómetros para ver un fenómeno que dura unos segundos, en una «sinrazón» que define el turismo de masas. Las playas se convierten en una prueba de habilidad para esquivar toallas, y pasear a primera hora de la mañana es la única tregua.
En el lado opuesto, los defensores del verano reivindican la fiesta, la playa y las noches largas. Pero incluso esa defensa admite matices: «lo que queremos no es invierno polar, sino un verano civilizado, rollo sur de Francia, no africano».
La cuenta atrás de agosto: ¿fin del calvario?
A partir de la segunda quincena de agosto, los días empiezan a acortar y el ánimo cambia. Quienes aborrecen la estación celebran cada grado que baja la mínima y cada minuto menos de luz. «La peor fase va pasando», se dicen, y comienzan a planear el otoño como quien sale de una condena. La ironía llega al extremo de tachar de «violencia extremista mediático» las previsiones que anuncian máximas de 32-33 grados cuando luego no pasan de 28.
Con estos mimbres, el pulso está servido. El verano no es una estación, es un campo de batalla identitario. Y mientras unos exprimen cada día de agosto, otros esperan con el calendario en la mano el cierre de piscinas. La brecha, más que climática, es sociológica, y no parece que vaya a resolverse este año.