Guerra contra Rusia: sí, no o con Rusia, el recuento que divide
Cuatro opciones sobre la mesa, ninguna papeleta y un marcador escrito a mano. La consulta se articuló con un recuento numérico: cada mensaje recibía un número correlativo —1, 2, 3…— y ese contador llegó
al menos hasta el 191. La pregunta de fondo era incómoda: ¿conviene un enfrentamiento abierto contra Moscú, hay que evitarlo a toda costa o España debería alinearse con Rusia?
Lo llamativo no es la cifra. Es que una discusión sobre el mayor riesgo geopolítico del continente se resolviera a base de tanteo manual, como quien cuenta cromos. Detrás del recuento aparecen
cuatro corrientes que no encajan en ningún eje izquierda-derecha conocido.
Aliados de Rusia contra el mundo anglosajón
Una de las posiciones más repetidas defiende la guerra, pero al revés de lo que dictaría la OTAN: un enfrentamiento
contra el mundo anglosajón con Rusia como aliada. Otra variante sostiene que el enemigo real no es Moscú sino «la agenda 2030 de los millonarios de EEUU», que —según este argumento— querría despoblar el planeta de asalariados; en esta lectura, Putin aparece como «salvador».
Ninguna de esas afirmaciones cuenta con respaldo probatorio; circulan en el terreno de la sospecha, no en el de los hechos verificados.
El poso histórico también asoma. Hay quien recurre a
1942 para justificar un enfrentamiento con Rusia, recordando el daño atribuido a los soviéticos en aquella época, y quien responde que hoy ese razonamiento no tiene sentido y que el papel lógico de España sería mediar para frenar la guerra. Dos maneras de mirar el mismo siglo con conclusiones opuestas.
«No a la guerra» y el recurso de que vayan otros
La segunda corriente es más terrenal: rechazo frontal al conflicto. «El,la,le que quiera guerra, que se aliste y p'alante», resume una intervención. La idea se repite en varias versiones, casi siempre con la misma coletilla: si alguien la quiere, que sea el primero en el frente. Otra añade que quien vote sí debería apuntarse «a ir al frente con las primeras tropas».
Entre medias se abre una tercera vía, la más cínica y quizá la más sincera:
guerra sí, pero que vayan los políticos. Es la posición del que no firma el riesgo ajeno con su propio cuerpo. Y una cuarta que pide coherencia: que quienes la defienden dejen de esconderse tras la pantalla y se presenten en el frente.
De «esto no sirve para nada» al Betis de fondo
La discusión no tardó en girar contra sí misma. «Como si tuvieras capacidad de decisión sobre algo más del color de los calcetines», resume quien duda de que un tanteo de mensajes cambie nada. Otro preguntaba, entre la ironía,
a qué hora jugaba el Betis. Cuando una conversación sobre la tercera guerra mundial deriva en el horario de un partido, suele significar que nadie se cree a sí mismo.
Y sobrevuela la sospecha de que todo sirva para inflar un relato. Una intervención sostiene que el belicismo no nace de la gente, que la mayoría solo quiere vivir bien, consumir, tener hijos y dejar algo a los suyos, y que el empuje militarista vendría de quienes arrastran una vida dura y buscan en la propaganda una válvula de escape. Es una tesis, no un dato.
Del «facilitar nombres a Rusia» a tomar la calle
Hay mensajes que van más allá del tanteo. Uno propone, con retranca negra,
facilitar algunos nombres a Rusia «por razones humanitarias». La misma voz reclama que, al ser mayoría quienes no quieren guerra, deberían tomar la calle por necesidad. Y un tercero se pregunta si es pedir demasiado que los políticos europeos, aunque sea los españoles, hablen de paz. La pregunta, formulada en voz baja, tiene más recorrido del que aparenta.
La pregunta que queda abierta
El recuento terminó, pero nadie proclamó un ganador. Las cifras del marcador —1, 2, 3… hasta al menos 191— no distinguen un sí de un no, igual que una pancarta no distingue a un convencido de un curioso. Un participante sostiene que, por cada ocho personas que rechazan la guerra, hay otra dispuesta a animarla desde la butaca. La proporción no está probada.
Lo único verificable es lo de siempre: que la guerra se decide en otro sitio y se discute aquí. Con la calculadora, eso sí, en la mano.