Red Dead Redemption 2: el juegazo que muchos dejan a medias
Rockstar lanzó en 2018 un western de mundo abierto que arrasó en críticas y ventas. Pero siete años después, el debate sobre su ritmo sigue abierto: para unos es la cúspide del medio; para otros, un soporífero simulador de vaqueros que exige paciencia. Los datos de abandono hablan por sí solos.
El ritmo, asignatura pendiente
La lentitud del personaje al moverse y la extensa introducción en la nieve son el primer filtro. Quienes vienen de títulos como The Witcher 3 chocan con una narrativa que tarda en arrancar. Entre los jugadores hay quien asegura haberlo intentado dos o tres veces antes de engancharse, mientras que otros lo abandonan definitivamente en el campamento de la primera misión. Una paradoja: un juego que se vende como obra maestra y que al mismo tiempo acumula abandonos en sus primeras horas.
Mundo abierto: libertad y tedio
El mapa de RDR2 es colosal, pero vacío de contenido relevante para una parte de los jugadores. Las actividades secundarias —cazar, pescar, buscar coleccionables— son el fuerte para unos y el lastre para otros. Hay quien se pierde durante semanas cazando alces, sin tocar la historia principal, y quien se aburre porque el sistema de recompensa es lento. La sensación de «dopamina barata» que reclama el jugador moderno choca con la propuesta contemplativa de Rockstar.
La sombra de The Witcher 3
Es inevitable la comparación. The Witcher 3 se lleva la palma como referencia del género. Muchos llegan a RDR2 esperando una experiencia similar y se topan con una jugabilidad más pausada y un protagonista que, según algunos, carece del carisma de Geralt. Sin embargo, los defensores de RDR2 argumentan que Arthur Morgan es uno de los personajes mejor escritos de la historia del videojuego, con un arco narrativo que justifica el ritmo pausado.
El factor generacional y la paciencia digital
La edad del jugador influye. Quienes crecieron con títulos lineales o multijugador rápido se sienten fuera de lugar en un título que pide tiempo y atención. «Necesitas ser un nini casapapis», se bromea. La discusión refleja un cambio en los hábitos de consumo: el juego como experiencia slow food frente al fast food de los battle royale.
El dilema de RDR2 es el dilema de todo un sector: ¿puede un juego mastodóntico, meticuloso hasta el extremo, competir con la inmediatez que demanda el mercado? El tiempo dirá si el legado de Arthur Morgan perdura como obra de culto o como el último gran dinosaurio de una era que se va.