Antonio Gala ya avisó en 1991: la IA no traería felicidad
¿Y si alguien hubiera descrito en 1991, con precisión incómoda, la vida que llevamos hoy? En una entrevista televisiva de aquel año, el escritor Antonio Gala anticipó un futuro de personas longevas y sobrecargadas de trabajo, relaciones uniformadas por manuales idénticos y una inteligencia artificial que ayudaría a pasar el tiempo, no a ser feliz. La conversación ha vuelto a circular y ha reabierto una pregunta que no envejece: ¿acertó el profeta o solo repitió lo que cada generación dice de la siguiente?
El fragmento más citado es también el más incómodo. Gala imagina a cualquiera pulsando una tecla para saber quién fue Velázquez, quién Goya, quién Cervantes, y añade: «yo me temo, Quintero, que esa persona no sienta la menor necesidad de saber quién es Goya, quién es Velázquez y quién es Cervantes... y no apriete la tecla». Treinta y cuatro años después, la tecla existe. La duda es si alguien la pulsa.
Qué dijo exactamente Antonio Gala sobre la inteligencia artificial
La predicción no se queda en el plano tecnológico. Gala habla de una humanidad que vivirá más, en una suerte de nueva Edad Media, con personas en plenitud pero prefabricadas, obligadas a trabajar más para sostener a más mayores y menos niños. Los que no trabajen serán muchos. Las conductas vendrán pautadas por órdenes o por folletos, porque nadie tendrá tiempo de leer: folletos para tener éxito, para hacer amigos, para conquistar a alguien, para divertirse. Y como todos leerán los mismos folletos, las relaciones serán fáciles pero aburridas.
Hay quien sostiene que este pasaje describe con años de antelación la economía de plataformas, la sobrecarga fiscal del envejecimiento y hasta las aplicaciones de citas. En contra pesa un argumento razonable: en 1991 la World Wide Web acababa de nacer y la ciencia ficción llevaba décadas explorando esos mismos miedos. La primera entrega de Terminator es de 1985. El Coche Fantástico, de esos mismos años. La originalidad del vaticinio es, como mínimo, discutible.
La tecla que nadie pulsa: cultura a un clic y menos curiosidad
El pasaje sobre Velázquez, Goya y Cervantes concentra el pesimismo del diagnóstico. La cultura está a un clic, pero el acceso universal no ha producido ilustración universal. Es el mismo razonamiento que recuerda que la educación pública obligatoria tampoco nos convirtió a todos en eruditos. La diferencia es la escala: nunca antes el conocimiento había sido tan barato y tan ignorado.
Frente a esa lectura, otra corriente defiende lo contrario. El acceso libre a la cultura ha ampliado el público potencial de forma sin precedentes: ya no hace falta gastar dinero ni desplazarse a una biblioteca para consultar cualquier dato. Que existan incultos hoy no es un fallo del sistema, es una constante antropológica. La tecnología no crea ni destruye tontos, solo los multiplica.
Del «todo era mejor» a los folletos que ya leemos
La conversación deriva pronto hacia el lamento generacional. Los años noventa aparecen descritos por algunos participantes como el culmen de la civilización occidental: fútbol en la calle, salones recreativos, pilas para el walkman, cintas de cromo grabadas de la radio, entradas de cine con McDonald's incluido. Un participante fija incluso el punto de inflexión en 2001, con el fin de la breve Pax Americana posterior a 1991.
El problema de ese relato es que confunde nostalgia con análisis. La tecnología de módem a 36 kbps no permitía streaming ni aplicaciones, pero tampoco permitía teletrabajar, diagnosticar a distancia ni acceder a un archivo digitalizado desde casa. Añorar la lentitud es fácil cuando ya no dependes de ella. Y el diagnóstico de Gala sobre los folletos —instrucciones idénticas para todos, relaciones fáciles y aburridas— se cumple hoy con más precisión en los manuales de autoayuda y en los algoritmos de recomendación que en cualquier distopía tecnológica.
¿Se equivocó Gala en algo?
Sí, en un punto concreto y muy citado: las relaciones. Gala predijo que serían fáciles. La evidencia disponible apunta a lo contrario. Hay quien sostiene que la gente folla menos y tiene menos círculos sociales que hace tres décadas, pese a tener aplicaciones diseñadas exactamente para facilitarlo. La paradoja es notable: nunca hubo tantas herramientas para conocer gente y nunca fue tan frecuente el aislamiento.
El resto del vaticinio resiste mejor el paso del tiempo. La sustitución de inteligencia natural por inteligencias artificiales que ayudan a pasar el tiempo, no a ser feliz, es hoy una descripción bastante ajustada de cómo se usan los asistentes conversacionales. La pregunta no es si Gala era un profeta. La pregunta es por qué nos sigue sorprendiendo que alguien describa el presente con treinta años de antelación.
Quizá porque el presente nos parece inevitable y a la vez insoportable. O quizá porque, como decía el propio Gala, nadie va a pulsar la tecla.