Gato guisado: la receta de la despensa incómoda
¿Se puede comer gato? Se puede, y se ha comido. La receta que abre el asunto es explícita:
un gato de dos kilos, despellejado como si fuera conejo. A partir de ahí, la conversación deriva hacia un territorio más incómodo: qué animales entran en la despensa cuando el hambre aprieta y por qué unos sí y otros no. La discusión arranca con un recuerdo familiar —un padre que contaba que en la mili asaban uno y el capitán, atraído por el olor, se quedó a comer— y termina convertida en un tratado involuntario de supervivencia, botánica comestible y memoria de posguerra.
Qué dice la receta y por qué el gato sabe a conejo
El punto de partida es culinario. La preparación se describe igual que la de un conejo: despellejar, trocear, guisar. Y ahí aparece el primer argumento técnico que sostiene todo el resto:
la carne de gato es seca e insípida, casi indistinguible de la del conejo en la mesa. De ahí que las recetas de conejo vayan cargadas de especias y salsas. El dicho de «dar gato por liebre» no nació ayer, y quien lo usa como chiste está citando siglos de picaresca alimentaria sin saberlo.
La comparación se extiende a otras carnes. Hay quien sostiene que la
rata de río era la base de la paella original y que su sabor supera al del gato. Otros recuerdan que el marisco fue comida de pobres en la posguerra antes de convertirse en artículo de lujo. La jerarquía de lo comestible no la fija el paladar: la fija el precio.
Las malas hierbas que alimentaron a varias generaciones
Frente al gato, aparece la alternativa vegetal. Un participante detalla un catálogo de plantas que crecen solas y que la agricultura industrial trata como enemigas:
cardo mariano, achicoria salvaje, diente de león, ortiga, verdolaga, taparera. De todas se aprovecha hoja, tallo, flor, semilla y raíz. El argumento es doble: son fuente de hidratos, fibra y proteínas, y su capacidad de sobrevivir a herbicidas y laboreo intensivo sería una prueba de su vitalidad.
La memoria familiar refuerza el punto. La verdolaga aparece en relatos de la guerra de Cuba y de la escasez postsoviética: lo único que se podía comer durante meses. El detalle tiene su ironía: la planta que salvó a unos abuelos es hoy la que los nietos no quieren ver ni en el plato.
El erizo, el perro y el límite de lo aceptable
La conversación amplía el catálogo. Un participante defiende el
guiso de erizo alimentado con frutas maduras y describe una peculiaridad del animal: se lame y se unta su propia suciedad por las púas para protegerse de los parásitos. Otro recuerda que en Francia el erizo es apreciado, que se tenía una pareja en el jardín para controlar caracoles y babosas y que había que desparasitarlos cada año.
El perro también entra en la lista, con enlaces a su propia entrada enciclopédica. Y aparece el argumento que ordena todo el asunto:
el cerdo es una mascota cariñosa e inteligente, se le atribuye una inteligencia comparable a la de un niño de tres años, y sin embargo se come sin dramas. La frontera entre animal de compañía y alimento es cultural, no biológica.
Prepararse para el colapso: tirachinas, PCP y semillas
Una parte del intercambio se desplaza a la logística. Un participante explica que se entrena con tirachinas por el monte —lo único que se puede cazar sin multa— y que tiene armas de aire comprimido a las que solo hay que hacer un ajuste para ponerlas a
60 julios. Su marco mental: colapso económico, desabastecimiento, conflicto. El argumento de fondo es generacional: la única generación que ha vivido tranquila fue la de los padres; los abuelos las pasaron muy putas.
Junto a eso aparecen los cálculos de subsistencia: semillas para limpiar el hígado, plantas que se siembran solas, distinción entre cardo mariano y otras variedades por la hoja. La conversación se vuelve un manual de campo.
El negocio de la carne opaca
El tramo final deja el dato más incómodo. Un participante cuenta el caso de un vendedor que
comercializaba costillas de ñú importadas de África y ganó mucho dinero hasta que Sanidad lo interceptó. La conclusión que extrae: con salsa se disimula casi todo, incluso carne en mal estado. Es la misma lógica del gato por liebre, pero industrializada y con factura.
La discusión sobre insectos como alimento futuro cierra el círculo. La hipótesis que circula es que no se promocionarán como bichos enteros, sino transformados en snacks. La proteína barata siempre necesita un envoltorio que la haga digerible.
Al final, la pregunta no es si el gato está bueno. Es cuánto tiene que apretar el hambre para que la respuesta deje de importar. Y con estos mimbres, la respuesta sigue siendo la misma de siempre: menos de lo que creemos.