La paradoja de la toxicidad en el discurso digital
El malestar online no es un accidente: es la consecuencia de llevar la hostilidad que se denuncia al mismo acto de denunciarla. Un intercambio reciente ilustra con crudeza cómo la queja contra la negatividad se convierte en su mejor propaganda.
En una discusión pública, un participante arremete contra el ambiente del foro llamando a los demás «suicidas, amargados y gordos» y emplea epítetos de carácter étnico. En el mismo párrafo, acusa a los demás de impedir el debate con insultos. La contradicción no pasa inadvertida: otro interlocutor señala que reproducir exactamente aquello que se critica es la receta para no salir nunca del círculo vicioso. La respuesta más lúcida viene de quien propone una salida: si el entorno empeora el ánimo, lo sensato es abandonarlo, pero llevarse la misma hostilidad a otro sitio no resuelve nada.
El episodio refleja un patrón recurrente en la conversación pública española: la crispación se alimenta a sí misma. El dato relevante no es cuantitativo, sino cualitativo: la incapacidad de distinguir entre denunciar un problema y perpetrarlo. Mientras la queja se formule con las mismas armas que se atacan, el cambio de foro —o de red social— será solo un cambio de escenario, no de guion.
La predictibilidad del ciclo sugiere que mientras no haya una pausa consciente —una tesis por mensaje, evidencia en lugar de descalificación—, la atmósfera seguirá siendo la misma. La receta es aburridamente simple: contestar al argumento más fuerte y poner en ignorados a quien solo insulta. Pero aplicarla exige exactamente lo que falta: voluntad de no ser parte del problema.