Ceuta y el análisis de Espinar: un cisma en el relato oficial
Imagina que comentas la crisis migratoria en Ceuta y acabas en el centro de una guerra de trincheras entre quienes te aplauden, quienes te descalifican y quienes te corrigen el análisis sin contemplaciones. Esa es la recepción que ha tenido la última intervención de Ramón Espinar sobre las tensiones con Jovenlandia y el flujo de personas migrantes hacia la ciudad autónoma.
El texto íntegro de su análisis no ha trascendido, pero las reacciones dibujan su alcance. Hay quien respalda su defensa de los derechos humanos de las personas migrantes, frente a quienes los equiparan a una amenaza. Esa postura le ha valido apoyos, pero también críticas por omitir lo que no interesa: el argumento de que la política migratoria del Gobierno se pliega a los intereses del rey de Jovenlandia y deja desprotegida a Ceuta.
La geopolítica que se queda coja
Si se denuncia a Jovenlandia por instrumentalizar la migración, no basta con detenerse ahí. El mismo patrón se observa en la relación de Estados Unidos con otros actores regionales, y falta mencionar a Israel en el análisis, apuntan algunas lecturas. La omisión de ese eslabón reduciría, según estos, la credibilidad de la propia crítica.
La polémica también salpica a la oposición, porque la indignación selectiva tiene mala memoria: si se denuncia la sumisión ante Jovenlandia, la trayectoria de quienes la denuncian no siempre sostiene la exigencia.
Al final, Ceuta vuelve a ser el escenario sobre el que se proyecta una discusión política que nunca llega al fondo. Si un análisis con matices de derechos humanos es interpretado como un ejercicio de lavado de dinero, queda claro que el problema no es el análisis, sino el estado de la conversación pública.