El alcohol camino de las cajetillas: etiquetas y subida de precio
El aviso lleva tiempo sonando: la relación entre consumo de alcohol y cáncer, sin dosis segura conocida, empuja a replicar con la bebida lo que ya se hizo con el tabaco. Etiquetas, fotos chungas y advertencias sanitarias sobre botellas y latas. La discusión que ha levantado el asunto no va de si el alcohol es tóxico —eso nadie lo discute— sino de hasta dónde puede llegar el Estado a la hora de decirte qué te metes en el cuerpo. Y de quién paga la fiesta cuando el producto se convierte en bien de lujo.
De la cajetilla a la botella: el mismo manual
La comparación con el tabaco no es casual. Quien más ha insistido en el paralelismo sostiene que el etiquetado de las cajetillas no sirvió para que nadie dejara de fumar, y que con el vino pasará exactamente lo mismo. La medida, en su opinión, no busca la salud pública sino
encarecer el producto vía impuestos y convertirlo en artículo de élite.
Hay un argumento recurrente en contra del etiquetado: si el alcohol es tóxico en cualquier cantidad, la misma lógica debería aplicarse a todo lo que contenga acrilamida —empezando por el café—, a los nitratos de jamones, embutidos, bacon y salchichas, o al azúcar y las harinas refinadas. La pregunta que sobrevuela el asunto es por qué unos productos se demonizan y otros no. La respuesta que se apunta desde el escepticismo es que el criterio no es sanitario, sino
recaudatorio.
¿Por qué se etiqueta el alcohol y no otros productos tóxicos?
El sector vinícola mira la maniobra con recelo. La idea de que un Ribera del Duero acabe llevando un pictograma de advertencia mientras la Coca-Cola se libra escuece, y no solo por motivos sentimentales: la industria del vino es un negocio con peso en la economía española, y la trazabilidad de la medida —primero etiquetas, después impuestos— ya se ha visto con otros productos.
La respuesta oficial que se anticipa es la misma que se dio con el tabaco:
no existe un nivel de consumo exento de riesgo. El matiz que se cuela en la conversación es que la moderación no elimina el daño, solo lo reduce, y que la decisión de asumirlo debería ser del consumidor, no del BOE. La línea que separa la información de la tutela es exactamente donde se rompe el consenso.
Ansiolíticos, azúcar y carne: la lista que viene después
El pronóstico más repetido es que el alcohol es solo el principio. Después llegarán la carne, el pescado, los huevos, la leche, los embutidos, la bollería, el pan, la sal y el azúcar. Todo menos los gusanos, la soja y la leche de cucaracha, ironizan los más críticos con el relato alimentario oficial. La pirámide nutricional que durante décadas se enseñó en las escuelas ya se ha demostrado errónea, recuerdan, y nadie ha devuelto el dinero.
En paralelo, hay quien señala una incoherencia de fondo: los mismos que piden prohibir el alcohol suelen ser los que más ansiolíticos y antidepresivos recetan o consumen. La comparación no es inocente.
El alcohol compite con la industria farmacéutica como válvula de escape, y esa competencia tiene precio.
El precedente del tabaco: cuando el monstruo devora a su creador
El argumento más incómodo para los partidarios del etiquetado es el que recuerda que el fumador ya pasó por esto. Primero fueron los mensajes en las cajetillas, luego la prohibición en interiores, después las terrazas, y al final el fumador acabó tratado como un delincuente social. Quien apoyó cada una de esas medidas se encuentra ahora con que el mismo aparato que señaló al fumador apunta al bebedor. La falta de coherencia, dicen, se paga.
La cuestión de fondo es si el Estado debe tratar a los adultos como niños. La respuesta que se da desde el escepticismo es que
nada es malo con moderación y sin dañar a terceros, y que la libertad con responsabilidad es preferible a la tutela permanente. El contrapunto es que la moderación es un concepto elástico y que el daño a terceros —sanitario, laboral, familiar— rara vez se contabiliza en la etiqueta.
Con el alcohol camino de las cajetillas, la pregunta que queda sin responder es la misma que se hizo con el tabaco y nadie contestó: si el etiquetado no disuade a nadie, ¿para qué se pone? La respuesta más cínica —y probablemente la más exacta— es que no se pone para disuadir, sino para recaudar. Y eso, en un producto de consumo diario, se llama subida de precio con envoltorio sanitario.