La Ilíada y la paternidad: el origen económico de tapar a la mujer
La Ilíada, el mito fundacional de Occidente, describe una guerra de diez años por el rapto de una mujer. No importa si es verdad: el dato es que nadie consideró inverosímil que una guerra así ocurriera. Ese es el punto de partida de un debate que lleva siglos sin cerrarse: ¿por qué todas las civilizaciones estructuradas terminaron cubriendo a las mujeres? La respuesta, vista con lupa económica, apunta a un coste de transacción demasiado alto: la promiscuidad femenina genera conflictos mortales entre varones, desincentiva la inversión paterna en la descendencia y desestabiliza cualquier sociedad que pretenda acumular capital más allá de la subsistencia.
Hipergamia y paternidad incierta
En un entorno sin Estado ni policía, la principal fuente de violencia es la competencia por hembras. Como señaló un análisis recurrente, si cada dos por tres las mujeres eran sorprendidas con otro varón, el resultado eran conflictos que podían diezmar clanes enteros. La paternidad incierta, además, rompía el incentivo del hombre para trabajar y acumular recursos para sus hijos: si no hay certeza de que la descendencia sea propia, el esfuerzo se diluye. Cubrir a la mujer —y con ello restringir su acceso a otros varones— reducía drásticamente estos costes. No es casual que las primeras ciudades-Estado y los códigos legales más antiguos (desde Hammurabi hasta las leyes de la India védica) incluyeran normas severas sobre la vestimenta y la fidelidad femenina.
¿Controlar a las mujeres o controlar a los hombres?
Una corriente de análisis sostiene que el objetivo último no era la mujer, sino el hombre. En una sociedad putificada, los varones dedican su tiempo a competir por hembras en lugar de trabajar. El matrimonio monógamo y la cobertura femenina funcionaban como un sistema de reparto que ataba a cada hombre a una mujer e hijos, disciplinándolo para el trabajo productivo. Como se ha dicho, el objeto no era controlar a la mujer, sino al hombre. Sin ese control, la sociedad sería conquistada por otra más jerárquica. Los datos actuales lo ilustran: en profesiones donde la mujer ha alcanzado el 70% de presencia (justicia, farmacia, sanidad), la dinámica de poder está cambiando de nuevo, pero el péndulo histórico sugiere que las civilizaciones que no lograron estabilizar este conflicto desaparecieron.
La excepción de las culturas primitivas
Llama la atención que muchas culturas de cazadores-recolectores no cubren a sus mujeres y, sin embargo, no presentan altas tasas de violencia sexual ni conflictos por hembras. La diferencia clave es que en esas sociedades la mujer no tiene valor económico: es considerada ganado y su sexualidad no genera disputas porque ya está enmarcada en rituales comunitarios. En cambio, en civilizaciones con excedentes, propiedad privada y herencia, la mujer se convierte en un activo reproductivo que debe ser controlado para garantizar la transmisión del patrimonio. Cubrirla era la solución más barata.
La pregunta sigue abierta, pero los datos históricos y económicos apuntan a que el velo, la toga o el hábito no fueron caprichos culturales, sino respuestas a un problema de costes de transacción que ninguna civilización pudo ignorar. Hoy, cuando Occidente desmantela esas normas, el 70% de las plazas de jueces o farmacéuticas son mujeres. El péndulo, quizá, vuelve a girar.
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