Gasolina a 2 euros: el coche eléctrico tampoco libra
Un litro de diésel a 1,529 euros el lunes y a 1,849 el martes siguiente. Ese es el marcador que alguien fue apuntando día a día en la gasolinera de su barrio mientras el precio del crudo subía. La broma arranca con quien conduce un coche eléctrico y presume de esquivar el hachazo: «a mí, plin, porque conduzco una lavadora sobre ruedas». La respuesta no se hizo esperar: la energía que mueve ese coche también sube, y quien la genera quema gas, carbón o lo que le echen. El blindaje era de cartón piedra.
El litro que sube cada día
Los números que circulan en la conversación no dejan mucho margen a la imaginación. El diésel pasó de
1,529 euros a
1,849 euros en cuestión de una semana, con subidas diarias de uno a seis céntimos. La gasolina, por su parte, superó también la barrera psicológica de los
2 euros el litro. Un autónomo que hace 200 kilómetros diarios con una furgoneta que gasta 12 litros a los 100 se enfrenta a una cuenta que no sale:
24 litros al día a 2 euros son 56 euros diarios solo en combustible. Alguien lo resume sin anestesia: «muchos se van a suicidar».
La subida no es un fenómeno aislado del surtidor. El fertilizante que usa el agricultor ha pegado otro estirón, y el que vende patatas a dos euros el kilo dice que a ese precio no puede ni repostar la furgoneta. La cadena es larga y nadie se queda fuera: el transporte, la logística, el campo, la fábrica. Todo lo que se mueve por tierra, mar o aire lleva hidrocarburo dentro, y ese sobrecoste acaba siempre en el mismo sitio, en el bolsillo del consumidor final.
¿Por qué el coche eléctrico no esquiva la subida?
El argumento del propietario de un eléctrico es sencillo: si no piso la gasolinera, la gasolina a 2 euros me da igual. El fallo de razonamiento es de primero de física. La electricidad que carga su coche no baja del cielo, y una parte importante se genera quemando gas y carbón. Cuando la demanda deja de ser doméstica y pasa a ser masiva —millones de coches enchufados a la vez—, el precio del kilovatio hora sube. Ya lo está notando.
Hay quien va más allá y sostiene que el blindaje es una ilusión óptica. La vida útil de un vehículo eléctrico incluye la fabricación de la batería, su desmantelamiento y el vertido de residuos, procesos con un consumo energético brutal que se paga en petróleo. La toxicidad de las baterías, dicen, envenena aguas que solo se limpian con ósmosis y carbón activo. Es una corriente de análisis que no se puede despachar con un chiste, aunque el chiste sea más rápido.
Y luego está la cuestión de la infraestructura. La mayoría de propietarios de eléctricos que participan en la conversación tienen garaje privado y cargador, muchas veces subvencionado hasta el 80% por la comunidad autónoma correspondiente. Quien vive en un piso sin plaza ni enchufe no tiene ese lujo. El coche eléctrico se convierte entonces en lo que alguien llama «postureo puro y duro», primo hermano del iPhone comprado a cómodos plazos.
El generador diésel como rebeldía
La respuesta más radical que aparece en la conversación es la de quien decide darse de baja la luz y poner un generador para los cuatro días mal contados que le falta corriente. El cálculo es simple: pagar una potencia fija por el privilegio de verter excedentes a la red a precio de saldo es un impuesto encubierto a la autosuficiencia. El generador, aunque el gasoil esté por las nubes, es un gasto variable y controlable. No es una solución para el país, pero para una casa es un mensaje claro: no pienso jugar con vuestras reglas trucadas.
El problema es que esa lógica, multiplicada por millones de hogares, rompe el sistema. Racionar el combustible no hace caer la economía, la destruye. Una semana o dos de parón se puede asumir; a partir de ahí, ningún trabajador llega a su puesto, la cadena de producción se parte y los supermercados se vacían porque el de la oficina que hace los albaranes tampoco llega al almacén. El escenario no es Cuba, pero se le parece demasiado.
Las ayudas que no llegan al surtidor
Mientras el litro sube, el Gobierno aprueba una ayuda de
9 millones de euros al Líbano para paliar los efectos de la subida de precios. La ironía se escribe sola: el dinero sale de aquí y aterriza a miles de kilómetros, mientras el autónomo de la furgoneta mira el surtidor y hace cuentas. Alguien pide un plan anti-Trump con urgencia: bajar alquileres, poner precios máximos a alimentos y energía, transporte público gratuito y recuperar el control de los sectores estratégicos. Suena a programa electoral, pero es una petición que circula en la conversación.
El barril de petróleo, mientras tanto, baja. Los márgenes que aplican las petroleras, no. Esa es la trampa que nadie termina de desmontar: quizá no se pueda controlar el precio del crudo, pero sí los márgenes abusivos que se aplican en ocasiones. La pregunta que queda flotando es incómoda. Si el barril cae y el litro no, ¿quién se está quedando la diferencia?
Con el diésel a 1,849 euros y el barril bajando, la cuenta no cuadra por ningún lado. El coche eléctrico no libra de la factura, el generador diésel es una rebelión de salón y las ayudas aterrizan en otro continente. Aquí va a haber mierda para todos y en distintas formas que no imagináis.