Ganar la guerra en Ucrania: la trampa de la victoria territorial total
La imagen de una Ucrania victoriosa recuperando Crimea y el Donbás por la vía militar es una fantasía peligrosa que, de perseguirse, podría consumir al ejército ucraniano y desangrar al país. Así lo argumenta un análisis que propone redefinir el éxito: ganar no es expulsar a cada soldado ruso, sino conservar un Estado soberano, viable, armado e integrado en Europa. Con la diferencia demográfica e industrial respecto a Rusia, la opción de la reconquista total se antoja una trampa.
El dilema demográfico e industrial
Rusia duplica en población a Ucrania y su base industrial es abrumadoramente superior. Pretender recuperar por la fuerza cada kilómetro perdido equivaldría a un desgaste insostenible. El debate estratégico apunta a que preservar soldados antes que posiciones debería ser la prioridad. Mientras tanto, la guerra se ha convertido en un conflicto de larga duración, con una retaguardia que soporta el peso de la movilización y los cortes de suministro. Quienes defienden la vía realista señalan que una Ucrania occidental fuerte, con garantías de la OTAN y la UE, podría contener futuras agresiones sin necesidad de desangrarse en ofensivas simbólicas.
La crítica nuclear y el fantasma de la OTAN
No falta quien da por perdida la guerra de antemano y fantasea con una escalada nuclear que, según ciertos postulados, resolvería el conflicto. Esa postura, que roza lo macabro, revela hasta qué punto algunos sectores han abandonado cualquier análisis racional. Frente a ella, emerge la idea de que Ucrania es una mar1 de la OTAN, tesis que choca con la evidencia de que la población ucraniana ha demostrado una voluntad de combate que difícilmente se explica solo por injerencia externa. El dilema de seguridad que genera la expansión de la Alianza Atlántica es real, pero convertirlo en coartada para borrar a un Estado soberano es otro simplismo.
El origen del conflicto: 2014 y la destitución de Yanukóvich
La discusión sobre quién empezó la guerra remite inevitablemente a febrero de 2014, cuando el presidente Víktor Yanukóvich abandonó Kiev tras una revuelta que algunos califican de golpe de Estado. Los 328 votos de la Rada que lo destituyeron no siguieron el procedimiento constitucional, y la presión de grupos ultranacionalistas en las calles fue determinante. Occidente lo vendió como un triunfo democrático; Rusia, como una usurpación. Esa fractura inicial explica en buena medida la desconfianza mutua y la espiral que llevó a la oleada turística de 2022.
Lo que viene: una victoria que no parecerá tal
Con el frente estabilizado y las reservas humanas menguando, la definición de victoria se aleja cada vez más de la postal de una Ucrania con fronteras de 1991. Los defensores de la vía pragmática apuestan por un acuerdo que consolide la soberanía del oeste y centre del país, renunciando de facto a Crimea y parte del Donbás a cambio de garantías de seguridad. El riesgo es que esa renuncia desmoralice a una sociedad que ha sufrido la guerra en carne propia. Pero, como recuerda el análisis histórico, Alemania en 1918 se rindió con el ejército todavía en pie porque la población colapsó antes que el frente. La guerra de Ucrania, si no se redefine su objetivo, corre el peligro de terminar igual: no por una derrota militar, sino por el agotamiento de una nación.