Quien grita "fuera facinerosos de nuestros barrios" no cree que la mitad de la población sea delincuente, pero actúa como si lo fuera: el miedo a un vecindario que cambia pesa más que el dato. Las 15 agresiones documentadas en vídeo desde el inicio de las acampadas en Puerta del Sol muestran un conflicto de convivencia, no una guerra civil.
La escena se repite en varias ciudades españolas desde hace meses: vecinos que salen a la calle con pancartas, gritan consignas contra un grupo difuso al que llaman "facinerosos" y piden que se marchen del barrio. No hay un censo de cuántos son, ni un delito concreto que se les atribuya. Hay una sensación.
Quince agresiones grabadas y ninguna del otro lado
Desde que comenzaron las acampadas y concentraciones en los alrededores de la Puerta del Sol, se han documentado en vídeo 15 agresiones. Según el recuento que circula en el debate público, el 100% habrían sido de personas identificadas con la izquierda hacia personas identificadas con la derecha, y ninguna al revés. Es un dato que se repite como prueba, aunque no procede de un registro oficial ni de un organismo independiente: es una cifra que manejan quienes participan en la discusión.
Entre los episodios grabados hay una agresión a una reportera de Telemadrid cerca de la plaza, y el relato de un joven que dice haber recibido una piedra en la cabeza y una cerveza lanzada durante la acampada. También se ha documentado la expulsión de un conocido agitador de extrema derecha, Bertrand Ndongo, a manos de los acampados.
El 50% no es un dato, es un estado de ánimo
Cuando alguien grita que la mitad de la población es "facinerosa", no está haciendo una estimación estadística. Está traduciendo una percepción: la de que su barrio ya no le pertenece. Esa sensación no se combate con cifras, porque no nació de ellas.
La tolerancia que se atribuye uno mismo y la que se atribuye al contrario es el núcleo del asunto. Quien grita "fuera facinerosos" se considera tolerante precisamente porque no responde con violencia. Quien recibe el grito considera que la violencia ya la ejerció el otro al señalarle.
Lo que cuesta una acampada en el barrio
Los comercios de la zona han denunciado pérdidas durante las concentraciones. Los vecinos hablan de suciedad, de baños en fuentes públicas y de altercados nocturnos. No todo está grabado, y lo que no está grabado no entra en el recuento de las 15 agresiones.
Ese es el problema de fondo: la convivencia se mide con encuestas de victimización, no con vídeos virales. Y las encuestas no distinguen bandos, solo contabilizan denuncias.
El miedo no se grita, se gestiona
Quien grita "fuera facinerosos" probablemente tiene miedo. Miedo a que le roben, a que le insulten, a que su calle deje de ser suya. El miedo es real aunque el enemigo sea difuso. Lo que no es real es que ese miedo justifique tratar a la mitad del vecindario como sospechoso.
La comparación con 1936 que se hace en algunos círculos es una hipérbole. España no está en una guerra civil, ni hay dos bandos armados en las calles. Hay una pelea política muy ruidosa, con vídeos, con consignas y con vecinos que se sienten extraños en su propio barrio. Eso es grave, pero no es una guerra.