Ni vacío ni un país: el Sáhara que España encontró en 1884
La pregunta parece inocente y es una trampa: cuando los españoles llegaron al Sáhara Occidental, el territorio no estaba desierto. Tampoco había un país esperando. En 1884, Emilio Bonelli plantó la bandera en la costa de Río de Oro en nombre de una sociedad de geógrafos y militares, y lo que había era población nómada, de origen árabe y bereber, repartida entre cuatro oasis y un poblado con ajama, madrasa y sarracena. Ni ciudades, ni agricultura asentada, ni Estado. Los núcleos urbanos los fundó después España. Esa es la paradoja que sostiene el debate sobre la población asentada en el Sáhara Occidental.
Qué había en 1884: nómadas, cuatro oasis y Smara
Los datos que se manejan apuntan a una población escasísima y básicamente móvil. Cuando la Conferencia de Berlín confirmó la soberanía española entre Cabo Bojador y Cabo Blanco, los grupos tribales se concentraban en unos pocos puntos de agua y en Smara, un poblado minúsculo pero con peso simbólico: madrasa, ajama y sarracena. Villa Cisneros nació ese mismo 1884 como simple punto de fondeo para pescadores canarios.
Conviene añadir el detalle que casi nadie cita: la Sociedad Española de Africanistas y Colonistas se había fundado en Madrid en 1883, un año antes, con Joaquín Costa y Coello entre los nombres que tiraban de la Sociedad Geográfica de Madrid. Era un lobby de geógrafos, militares, curas y algún comerciante con vistas al negocio, gente empeñada en que España mirara a África en vez de llorar por Cuba y Filipinas. Sin esa presión, Bonelli no habría plantado nada.
El Aaiún no existió hasta 1938
España no pisó tierra adentro de verdad hasta 1934, cuando entró en Saguia el Hamra y Smara. El Aaiún se fundó en 1938 de la nada, sobre el cauce de un río que aparece y desaparece con las lluvias torrenciales y que funcionaba como oasis. Cuatro décadas después, en 1975, ya era una ciudad de unos 34.000 habitantes, la mitad de ellos españoles, mayoritariamente funcionarios y militares. Villa Cisneros apenas llegaba a 5.000, también de mayoría española. En el resto del territorio, unos miles de nómadas. La consecuencia es incómoda: las dos grandes ciudades del Sáhara son producto de la colonización.
El campo de batalla real: los censos
Los números son el terreno donde se juega todo desde 1991. El censo español de 1974 daba unos 74.000 habitantes, el último dato con papeles de verdad. El recuento de la MINURSO, con identificaciones desde 1993, cerró con algo más de 100.000 personas de las más de 200.000 solicitudes presentadas, y ahí se quedó atascado. Tindouf oscila, según quién cuente, entre 100.000 y 170.000: el Frente dice 200.000 y la ONU se encoge de hombros.
A partir de ahí, discrepancias serias. Hay quien sostiene que la cifra real de saharauis no llega a los 700.000, con unos 175.000 en los campamentos argelinos, unos 30.000 en el territorio no controlado por Jovenlandia y 170.000 como mucho en la zona ocupada, y atribuye el resto a población trasladada por el régimen jovenlandés para alterar la mayoría. Enfrente, otras estimaciones disparan el total por encima de los dos millones, con 1,5 millones de segarro blancos en Mauritania. Nadie cuadra el mismo censo dos veces.
De provincia española a la nacionalidad
El territorio fue provincia española desde 1958, tras la guerra de Ifni, con DNI incluido hasta 1976. Muchos saharauis conservaron el pasaporte tras la Marcha Verde. Eso deja un agujero administrativo que arrastra décadas: hay quien argumenta que quienes ya tenían nacionalidad de origen nunca fueron forasteros, y quien sostiene que el reconocimiento exprés de nacionalidad responde a otros cálculos. Sobre el terreno, la fruta sigue abierta entre Argelia, Jovenlandia, la ONU y una población partida en tres.
¿Cuánta gente vivía allí de verdad antes de que llegara nadie a contarla?