La Quinta Columna: del grafeno a los bichos, crónica de una sectarización
Un móvil de 180 gramos pegado al brazo. Seis cucharas de postre adheridas al pecho delante de una cámara. La Quinta Columna se labró su fama con ese formato de ciencia casera: el grafeno estaba en las vacunas y cualquiera podía comprobarlo en su cocina. La audiencia creció, el canal se convirtió en referencia de la disidencia covid y, hasta ahí, todo impecable. La parte difícil llegó después: mantenerse en el terreno de los hechos.
El ciclo de vida de un canal de denuncia
El arranque fue potente. Mientras el relato oficial vendía victorias, LQC analizó vacunas de la temporada 2018-2019 y anunció nanotecnología en los inyectables. Grafeno, 5G y neumonía bilateral formaban una ecuación sencilla de entender y muy fácil de compartir. No hacía falta creer en una superconspiración: solo en un microscopio y en la mala leche de quien no se fía. Pero el público de la disidencia también envejece mal.
La primera grieta fue metodológica. Quienes aplaudían las pruebas caseras empezaron a pedir ensayos con control. La respuesta fue el dogma: el que discrepaba, fuera. Las expulsiones del chat se convirtieron en la metáfora del giro autoritario, con etiquetas como “disidencia controlada” para el que preguntaba de más. La etiqueta resultaba incómoda para un proyecto que vivía precisamente de romper el control del discurso.
Factor E, bichos y mesianismo
El libro Factor E, presentado en la feria del libro de Vallecas, despejó las dudas. Detrás de la crítica sanitaria asomaba un entramado teológico: entidades invisibles, demonios, eugenesia y un plan que superaba a cualquier farmacéutica. El doctor José Luis Sevillano, uno de los rostros del canal, llevó el discurso del laboratorio a la escatología. Llegó a negar la existencia de la proteína spike como factor causal y a reducirlo todo al grafeno: cualquier estudio que dijera lo contrario era falso o estaba contaminado por los “bichos”.
Ese salto metafísico partió a la audiencia. Una corriente defendía el mérito pionero: fueron los primeros en señalar lo que luego aparecía en análisis independientes. Otra, cada vez más mayoritaria, veía una secta mesiánica en la que el dogma expulsaba a quien dudaba. La autoimagen de los dos testigos del apocalipsis —así se veían sus referentes— no contribuyó a contener la hemorragia de espectadores.
La guerra civil de la disidencia
La rivalidad con Dani Díaz, del canal Infovacunas, fue el campo de batalla. LQC afirmaba que los inyectables contenían nanotecnología autoensamblable; Díaz respondía con cristales de sal. La discusión técnica se enconó hasta el descrédito mutuo y la comparación con los que se suben a la ola ajena. Y después vino el cisma interno: Sevillano y Ricardo se enzarzaron en entrevistas cruzadas, con acusaciones de infiltración y golpes bajos. El doctor acabó anunciando una retirada temporal de las redes sociales, no sin antes quejarse de una conspiración en su contra.
El balance tiene una lectura incómoda para el ecosistema crítico. Un canal que se presentaba como el antídoto contra el relato único reprodujo el mismo patrón que decía combatir: centralismo dogmático, expulsión de la duda y liderazgo de culto. La pregunta de fondo no es si había grafeno en las vacunas. Es por qué la denuncia del poder deriva tan a menudo en una réplica en miniatura del poder.
El negocio de la salvación
No conviene olvidar la cuenta de resultados. Libros, suscripciones, donaciones, publicidad en plataformas sin censura: la disidencia también es un mercado. La radicalización del mensaje funciona como reclamo comercial; cuanto más grave el pronóstico, más fiel el cliente. Pero el cliente se cansa de los loops proféticos. Los mismos que aplaudieron el análisis del grafeno acabaron soportando vídeos repetitivos sobre entes energéticos y se fueron a otro canal en busca de algo más cercano a los datos.
Al final, el dato que descoloca no es el grafeno. Es que un movimiento nacido para desenmascarar al poder acabara expulsando a su propia audiencia con la misma chulería dogmática que decía combatir. La disidencia se convirtió en su propia caricatura: de la evidencia al dogma, del dogma al mito y del mito al silencio, mientras las plataformas hacían su agosto. Pioneros en lo que denunciaban; también en el método para desactivarse a sí mismos.