Hay quienes, en lugar de defender sus derechos, se convierten en escudos de quienes los pisotean, justificando la explotación.
A veces, uno se encuentra en una situación laboral que clama al cielo: sueldos ridículos, condiciones humillantes, o directamente, sentirse estafado. Intentas que la gente se dé cuenta, que espabile y exija lo que es suyo. Pero entonces, aparece el "paladín" de la empresa, ese que parece tener un máster en defender al que te explota.
El síndrome del defensor del amo
Este personaje, a menudo, no solo no se une a la queja, sino que se dedica a apagar fuegos, a decir que "tampoco es para tanto", o peor, a justificar las malas prácticas de la dirección. Es como si internalizara la narrativa del patrón, creyendo que la precariedad es el orden natural de las cosas, o que el éxito empresarial justifica cualquier medio.
¿Por qué ocurre esto?
Las razones pueden ser varias. Quizás busca el favor de la jerarquía, esperando una recompensa futura. Puede ser miedo a represalias, o simplemente, una falta de autoconciencia sobre su propio valor y derechos. A veces, es una forma de autoafirmación, sintiéndose especial por ser el "buen empleado" que entiende "la realidad".
El coste de la pasividad
Esta actitud, lejos de ser inocua, perjudica a todos. Desmoviliza a los que intentan mejorar su situación, perpetúa la cultura de la explotación y, a la larga, puede incluso afectar negativamente a la propia productividad y moral de la empresa. La economía se basa en la eficiencia y el valor, y la humillación constante rara vez conduce a algo bueno.