La complicidad silenciosa ante el reclutamiento forzoso: ¿racionalidad o hipocresía?
Mientras los gobiernos ucraniano y alemán intensifican los reclutamientos forzosos de hombres para el frente, el silencio de las organizaciones feministas y de la mayoría de votantes mujeres resulta ensordecedor. No es un olvido: es la lógica implacable de un contrato social donde un género externaliza los riesgos mientras acumula derechos. El debate sobre quién debe servir en la guerra revela la verdad incómoda de la 'igualdad selectiva'.
El contrato social implícito
Históricamente, el reclutamiento forzoso ha sido una carga exclusivamente masculina. Las mujeres no han tenido incentivos para movilizarse en contra, ya que el riesgo recae sobre otro colectivo. Es lo que algunos analistas llaman 'racionalidad pura': maximizar derechos y minimizar riesgos. El poder de voto femenino, en lugar de usarse para asumir cargas, se ha orientado a extraer más recursos del sistema. La 'igualdad' se ha vendido como un aumento del pastel para un género, no como una repartición de las obligaciones.
La memoria de la Primera Guerra Mundial
El patrón no es nuevo. Durante la Primera Guerra Mundial, las mujeres se organizaron en masa para presionar a los hombres a alistarse, llegando a acosar a soldados en permisos. Aquella movilización contrasta con el silencio actual. La diferencia radica en que entonces la guerra se presentaba como una causa nacional compartida; hoy, en Ucrania y Alemania, la narrativa es más compleja, pero la asimetría de género en el sacrificio sigue siendo la misma.
Igualdad de derechos sin obligaciones
La paradoja salta a la vista: se exige igualdad salarial, representación paritaria y derechos reproductivos, pero no se reclama la igualdad en el servicio militar obligatorio. Quienes señalan esta incoherencia no proponen enviar mujeres al frente, sino que ponen de manifiesto que el sistema de privilegios por identidad –género, raza, orientación– crea vías de escape para unos y no para otros. El hombre blanco hetero de clase baja no tiene ninguna de esas vías.
La cuestión no es si las mujeres deberían ser reclutadas, sino por qué la narrativa oficial insiste en que el servicio militar es una obligación masculina mientras la agenda de género se centra exclusivamente en ampliar derechos. Hasta que no se exijan responsabilidades equivalentes, el silencio cómplice seguirá siendo la posición más racional para quienes no tienen nada que ganar al romperlo.
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