Un reloj de 200 euros que solo da la hora: la duda del comprador
Entrar en una relojería a cambiar la pila y salir con la mosca detrás de la oreja. Esa es la escena de partida: un comprador lleva un
Naviforce, un reloj chino que le costó entre 20 y 30 euros, y en el escaparate ve Diesel, Lotus y firmas que no reconoce a precios que no bajan de 200. Su resumen, tan simple como incómodo: quitando algún modelo específico de buceo, la mayoría no hace más que dar la hora, alarma y crono. Es la pregunta clásica del
currela: qué marcas de reloj asequibles valen lo que piden. La respuesta está lejos del mostrador de la joyería de barrio.
Por qué un reloj de 200 euros solo da la hora
El argumento que más se repite entre los participantes no apunta a la mecánica, sino al márketing: un módulo de cuarzo estándar, fabricado en serie, sale muy barato, y el precio lo ponen la caja, el logo y la campaña. Lo ilustra una experiencia docente: en un curso de relojería, el profesor —dueño de una joyería— explicaba que las maquinarias de cuarzo sencillas, las que solo marcan la hora sin fecha, salían a
menos de un euro la unidad. Lo situaba hace unos siete años, y el orden de magnitud no invita a pensar en márgenes tímidos.
De ahí que la recomendación dominante sea la más aburrida posible:
Casio. El F-91W aparece una y otra vez como respuesta cerrada, y no por nostalgia. Su punto débil es la correa de goma —sustituible por una de velcro—, y por debajo de 30 euros hay modelos como el MRW200 o el W800 que cumplen sin drama. La pega del W800 es el cristal de plástico, que se raya y se puede pulir.
El F-91W y los millonarios que no presumen de reloj
La anécdota que descoloca:
Chuck Feeney, cofundador del grupo Duty Free Shoppers, donó el 99% de sus ingresos —7.500 millones de dólares— a causas benéficas y se quedó viviendo con dos millones. Entre sus hábitos frugales estaba llevar un Casio F-91W. Y
Bill Gates aparece en el hilo asociado al Casio Marlin, ese reloj
baratejo con el que se le retrata. Cuando el que lleva el reloj ya no necesita demostrar nada, la muñeca deja de ser un escaparate.
¿Merece la pena pagar más por un automático?
Aquí se rompe el consenso. Una corriente defiende el salto a la maquinaria mecánica: Orient, Seiko, un Seiko diver automático por menos de 200 euros —y buscándolo bien, hasta por 130, según quien lo recomienda—, un Hamilton o un Oris Flying Doctor sin pilas que se puede dejar en herencia. Enfrente, un participante esgrime una objeción técnica tozuda: los Seiko 5 atrasan o adelantan alrededor de
30 segundos al día, lo que son unos 15 minutos al mes si no se corrige a mano, más limpieza y mantenimiento al cabo de los años.
La defensa del cuarzo se apoya en la precisión: exactitud a rajatabla y nulo mantenimiento salvo cambio de pila. Y para quien quiere evitar la pila sin renunciar al reloj de siempre, la alternativa que más suena es
Citizen Eco-Drive, que no necesita pila. El problema de fondo es otro: la pila es el talón de Aquiles.
Relojes chinos, zafiro y la réplica de 15 euros
La frontera entre marca y origen se diluye. Hay quien tiene piezas de firmas de prestigio y reconoce haberse sorprendido con relojes chinos que montan cristal de zafiro irrayable y movimientos automáticos Seiko originales —según este participante, la propia Seiko vende calibres a terceros—, con la ventaja de que no hay que ajustar más de un minuto a la semana. En esa liga de precios bajos también suenan Timex, con los modelos Allied y MK1, o el Invicta Pro Diver de cuarzo para quien busca estética de buceo. Y en el otro extremo está la tentación de la copia: una versión libre del Tag Heuer Mónaco por
15 euros, con el aviso de quien la compra de que el azul real tira a verde grisáceo y de que las agujas y los puntos horarios apenas se ven.
Alemanes, smartwatch y el reloj que ya no solo da la hora
Fuera del eje japonés hay un hueco poco explorado: los relojes alemanes de gama media tipo
Junkers, entre 250 y 500 euros según quien los recomienda, con diseño racionalista y precios por debajo de casas como Sinn o Junghans. También Braun, con piezas de diseño industrial en la línea que después copió Apple sin disimulo, según este mismo participante. Y una corriente que directamente renuncia a la manecilla: quien lleva un smartwatch con esfera clásica no entiende volver al reloj tradicional, mientras los puristas responden que son dos cosas distintas aunque ambas den la hora.
Al final, la pregunta de partida —si el reloj de 200 euros vale lo que pide— se contesta sola: casi nunca. Nadie discute que un F-91W, un Eco-Drive o un Seiko diver cumplan su función. Lo que no cuadra es el escaparate. Porque si una maquinaria de cuarzo sin fecha costaba
menos de un euro, alguien tendrá que explicar por qué el mismo mecanismo, metido en una caja con logo, se multiplica por doscientos.