La abstención como tesis política: ¿resistencia o rendición?
El abstencionista español ya no se limita a quedarse en casa. En el pulso político actual, no votar se ha convertido en una declaración de principios tan ruidosa como la papeleta que otros depositan con fe. Lo curioso del último intercambio público al respecto es que ninguna de las partes se conforma con ganar: ambas dan por hecho que, pase lo que pase, el perdedor tendrá un precio que pagar. No es un debate sobre encuestas; es un diagnóstico sobre la confianza en las instituciones.
El voto como objeto de desprecio
Para una corriente del análisis, la urna es una engaña que se repite cada cuatro años. Sus argumentos mezclan desengaño macroeconómico con una retórica que tilda de iluso a quien sigue esperando algo de los partidos. El voto no cambia el rumbo de una economía intervenida, se dice; solo legitima el turno de quienes gestionan el malestar. En esa lógica, el abstencionista pasa de ser un ausente a ser un insumiso, y el votante, un «cómplice» que renueva el contrato político por costumbre.
La urna como seguro de vida
Enfrente hay quien ve en la abstención una invitación al desastre. Si no participas, argumentan, no podrás quejarte cuando las decisiones se tomen en tu contra. El debate se carga de referencias históricas y comparaciones con procesos donde la abstención no frenó la erosión de las garantías. Aquí es donde aparece el «paseo», una palabra que en España tiene memoria. Se formula como pregunta retórica: ¿qué harán los que se sienten eximidos cuando la policía política llame a su puerta? La respuesta de los aludidos no se hace esperar: vivir como siempre, porque los que nunca dependieron del poder difícilmente temen su mudanza.
Las comparaciones que encienden el debate
Las referencias a Venezuela y a la República Francesa se cruzan como advertencias encontradas. Para unos, el camino hacia el autoritarismo se recorre con cheques sociales; para otros, la revolución también puede vestirse de parlamento. La discusión económica queda sepultada bajo una guerra de etiquetas en la que nadie parece dispuesto a ceder. Hasta el «alférez provisional» más veterano resultaría insuficiente para gestionar tanto agravio acumulado.
El fondo es la desconfianza
Bajo la broza verbal, hay una cuestión económica: la gestión del malestar. Quien no encuentra en sus ingresos el reflejo del crecimiento, o quien ve que sus ahorros pierden poder de compra, tiende a interrogarse sobre el sentido de la papeleta. Puede no votar por desidia o por convicción, pero el resultado es el mismo: un sistema que pierde sujetos.
¿Puede un país avanzar con la mitad del censo convencida de que la otra mitad está equivocada? Probablemente no, pero la pregunta del millón es otra: ¿quién está más equivocado, el que vota o el que mira desde la barrera? Mientras la respuesta no aparezca, la única certeza es que la bronca no va a votar, pero tampoco se queda callada.