Qué hacer ante un mastín: calma, no correr y bájate de la bici
Bajarse de la bici salva más tobillos que cualquier bastón. Ese es el resumen práctico que se repite cuando alguien relata su encontronazo con un mastín, el perro enorme que los ganaderos emplean para proteger el rebaño. La discusión vuelve ahora por un vídeo en el que una pastora, desde el monte, explica cómo reaccionar: parar, no gritar, hablar y rodear el rebaño sin dar la espalda. La receta es sencilla. Cumplirla, no tanto.
Qué hacer si un mastín viene a por nosotros
Entre quienes conviven con estos perros hay bastante coincidencia. Un mastín que guarda ovejas da vueltas al rebaño y se coloca entre el ganado y el intruso antes de llegar a morder. Si se acerca, la primera regla es
no correr: el que huye se convierte en presa y el perro, en campo abierto, es oportunista. La segunda, bajarse de la bici y hablarle en tono bajo. La tercera, retroceder despacio sin dar la espalda.
Hay matices. Un mastín bien enseñado no ataca a un peatón que pasa de largo, pero esa misma indulgencia no siempre se extiende al ciclista, que entra rápido en la zona. «Preferiría encontrarme un mastín en el campo con sus ovejas que un perro más pequeño cerca de unas casetas abandonadas», sostiene uno de los participantes en el hilo. El peligro no es tanto la raza como el contexto: rebaño, crías y territorio.
El mastín avisa antes de morder
Los que han tratado a estos animales describen un repertorio de señales antes del ataque. El perro se pone de lado, se estira, olisquea y ladra.
Puede alcanzar dos metros de envergadura cuando se pone de pie, una mole que impone sin necesidad de morder. Muchos sustos nacen de malinterpretar ese lenguaje: el caminante se pone nervioso, el perro huele la adrenalina y responde a la tensión ajena.
No todo el mundo compra el manual. Frente a la idea de que el mastín solo disuade, hay relatos de perros que se plantan a dos metros de un desconocido y no se mueven hasta que este grita y levanta los brazos. La versión amable y la versión dura conviven sin reconciliarse.
Quién responde si el perro llega a morder
Este es el punto que enciende a los caminantes. El dueño del animal es responsable de lo que haga su perro, pero en el hilo se apunta que la letra pequeña cambia según el terreno. Si la mordedura ocurre en una finca privada y cercada, la pelota pasa al que se saltó el cercado. Si sucede en una servidumbre y el perro tiene vacunas y papeles en regla, la cosa no suele pasar de una multa.
La otra cara es la del perro de trabajo. En el hilo se defiende que los mastines cumplen una función y que el intruso es, sencillamente, el que se mete donde no le llaman. «Claro que sí, guapa: ella vive allí y tú no», resume una corriente que no pide cambiar a los perros, sino a los visitantes.
El lobo dispara la población de mastines
Una de las líneas más interesantes que se apuntan mira a un cambio de fondo. Hasta hace unos años, el perro de pastor habitual era de tamaño medio y servía para conducir el ganado. El mastín, más grande y caro de mantener, era minoritario. Con la expansión del lobo, el mastín se ha vuelto moneda común: protege, pero también complica la convivencia. Hay quien prevé que el choque se agrave cuando el depredador entre en territorios donde hace décadas que no se le ve.
También se discute el negocio detrás. Se sostiene que han aparecido criadores oportunistas que ven en la demanda de perros de guarda una vía de ingresos, aunque otros lo niegan de plano: un ganadero que no paga al veterinario tampoco va a pagar por un cachorro.
Vías pecuarias: el camino que unos y otros se disputan
Aquí está el núcleo del conflicto. Muchos de los caminos por los que pasan senderistas y ciclistas son vías pecuarias: cañadas que atraviesan fincas privadas y que se han mantenido abiertas precisamente por su uso ganadero. Esa condición explica que el rebaño y los perros tengan derecho a estar donde están. Y también que el caminante tenga derecho a pasar.
El equilibrio se rompe cuando alguien decide cerrar, invadir o ignorar las reglas. Se han descrito casos de vecinos que tiran muros, meten ganado por donde les conviene o dejan a los perros campar sin control. En un episodio citado, el desacuerdo entre un ganadero y los pastores locales por el uso de una zona común derivó en agresiones contra los animales, algo que se califica abiertamente de mafia. El detalle fino de esa disputa —quién llegó antes y con qué permiso— es el que conviene leer entero.
Con este cóctel, hay quien anticipa que los encontronazos seguirán subiendo. Más lobo, más mastín, más gente en el campo y menos ganas de ceder por ambas partes. La receta del vídeo —calma, distancia y bici a pie— es fácil de decir y difícil de cumplir cuando el animal pesa más que tú.