El asesino confeso que estudia Historia del Arte en la cárcel
El asesino confeso de Antonio, el marido de Maje, no está en un módulo de máxima seguridad. Trabaja 40 horas semanales dentro de prisión y cursa estudios de Historia del Arte a través de la UNED. Todo, financiado con dinero público, mientras un ciudadano medio paga de su bolsillo la carrera de su hija. La indignación no es solo por el crimen, sino por el trato penitenciario reservado al hombre que acabó con la vida de otro a cambio de una relación.
El preso modelo que cuesta dinero al contribuyente
Que un condenado por asesinato se forme en prisión no es ilegal. Es el principio de reinserción. Pero el caso de Salva, el amante que confesó el crimen, ha reabierto el debate sobre qué privilegios se conceden a un asesino que actuó siguiendo las órdenes de otra persona. El trabajo remunerado y la formación académica son derechos de cualquier interno, pero la percepción pública cambia cuando se conoce el historial delictivo. Que un estudiante de Historia del Arte pague el mismo impuesto que financia esa formación mientras su propia hija abona 200 euros al mes por su carrera es el contraste que más ha calado.
Solo hay que comparar la situación de Salva con la de otros presos: mientras unos cumplen condenas en módulos de aislamiento, Salva ha llegado a colaborar con la justicia y acumula informes favorables. Eso, en la práctica, le acerca al tercer grado. La sensación de que el sistema premia al que se pliega a los intereses de la acusación no es nueva, pero en este caso resulta especialmente amarga.
¿Por qué la inductora cumple más años que el autor material?
La condena de Maje supera a la de Salva, condenado a 17 años. La pregunta ha circulado desde la sentencia. La respuesta técnica está en el artículo 28 del Código Penal: los inductores son considerados autores. No existe un tipo penal separado para la llamada “autoría intelectual”; es una etiqueta coloquial para la inducción. La jurisprudencia romana ya lo tenía claro: el que ordena matar es tan responsable como el que empuña el arma.
Lo que no explica la ley es por qué la opinión pública tiende a absolver al ejecutor cuando se siente manipulado. “Es un pagafantas”, se oye por todas partes. Pero el consentimiento no elimina la responsabilidad. Salva eligió matar; Maje le proporcionó las llaves, los horarios y un plano del garaje. La diferencia entre ambos es la misma que existe entre quien planifica un atraco y quien lo ejecuta: los dos son culpables, pero la sociedad reserva su desprecio más virulento al que actúa como títere.
El regreso de Maje a Picassent y los privilegios de la maternidad
El último episodio conocido es el regreso de Maje a la cárcel de Picassent después de que su hijo cumpliera tres años. Durante ese tiempo ha estado en un módulo especial para madres, una medida pensada para preservar los derechos del menor. El problema es que la convivencia con otros presos ha generado una hija, la del condenado por matar a un camello de 44 puñaladas, y eso ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre las relaciones sexuales en prisión y sus consecuencias.
Mientras Maje ha ido encadenando embarazos y cambios de módulo, Salva sigue en Picassent, trabajando y estudiando. La coincidencia de ambos en el mismo centro, junto al padre de la criatura, ha disparado las especulaciones sobre un posible desenlace trágico. Nadie sabe qué pasará cuando el tercer grado llegue para Salva, pero el caso ya ha dejado una colección de audios de teléfono que deberían estudiarse en criminología.
Lo que esconde el perfil del “pagafantas”
Más allá de la anécdota, el caso ha servido para una tesis doctoral: ¿por qué un hombre adulto, sin antecedentes, se convierte en un sicario a cambio de sexo? Las respuestas varían desde la dependencia emocional hasta la falta de afecto crónica en la vida de muchos hombres. Es la historia de siempre: el que no ha recibido señales de cariño confunde el interés con la salvación. Y las consecuencias las paga todo el mundo, empezando por la familia de la víctima.
El debate sobre la pena de muerte ha vuelto a aparecer, como aparece siempre que el sistema se enfrenta a un caso que parece no tener justificación posible. Pero la pregunta de fondo es más incómoda: ¿qué falla en una sociedad para que alguien como Salva llegue a creer que asesinar es el precio justo por un poco de atención femenina? La respuesta no es judicial. Es cultural.
Si el tercer grado llega en los próximos meses, la memoria del caso se habrá diluido y solo quedará la caricatura del asesino que estudia arte. Pero la herida abierta en la familia del fallecido no se cierra con un título universitario. Y la justicia tendrá que explicar por qué el sistema premia al que se adapta al guion penitenciario en lugar de ajustarse al daño causado.