Encomendarse a Jesús y perder el control: ¿prueba o asedio?
En mitad de la Semana Santa, una confesión anónima ha puesto sobre la mesa una pregunta incómoda: desde que me encomendé a Él, siento que he perdido el control. La frase, repetida en distintos ámbitos espirituales de internet, condensa un malestar que atraviesa siglos de tradición cristiana. Los místicos lo llamaron 'noche oscura del alma'; los teólogos, 'etapa purgativa'; los psicólogos, disolución del ego. Pero para quien lo vive en primera persona, la duda es más prosaica: ¿está Dios reordenando mi vida a la fuerza, o es el demonio el que ha encontrado una brecha?
El descontrol como experiencia mística
La sensación de perder los mandos no es nueva en el camino espiritual. La obra de San Juan de la Cruz describe con precisión ese momento en que el alma se queda a oscuras justo cuando creía estar más cerca de Dios. En el análisis que se ha hecho de esta crisis se cita a San Buenaventura y su 'Itinerario del alma hacia Dios' para sostener que el sufrimiento forma parte del ascenso. 'El camino hacia Dios no es fácil y no sólo depende de ti', se advierte. La Gracia es necesaria y el que busca respuestas solo en el conocimiento se queda a mitad de trayecto.
Hay quien, con una metáfora más lúdica, compara la vida espiritual con un videojuego en dificultad alta: los primeros niveles son sencillos, pero según avanzas, la resistencia se endurece. Llega un punto en el que da miedo avanzar porque no sabes qué prueba viene después. Esa sensación de estar siendo 'jugado' por algo superior -Dios, el demonio o lo que sea- une a creyentes y escépticos en la misma perplejidad: ¿por qué el que mueve los hilos quiere que la agonía se prolongue?
La adoración eucarística como recurso
Frente al desconcierto, el consejo que más ha circulado es el de ir a Adoración. La Adoración Eucarística consiste en orar ante el Santísimo Sacramento expuesto en la custodia. Es un acto de fe y devoción en el que se reconoce la presencia real de Jesucristo bajo las especies del pan. 'En casi todas las ciudades hay capillas de adoración eucarística', se recuerda. En momentos de extrema debilidad, esta práctica se describe como de 'eficacia máxima' para recuperar la firmeza y el orden interior.
La recomendación no está exenta de ironía. Algunos apuntan que 'cuando adoras mucho también te doras tú mismo', un juego de palabras que subraya el efecto beneficioso del rito, aunque sin abandonar el escepticismo de fondo. Otros precisan que la Virgen también intercede, pero que conviene visitarla a ella y al Rey no solo con buenas intenciones, sino con presencia física. Sea como fuere, la adoración se ha convertido en el refugio práctico de quien no encuentra explicación racional a su crisis.
El apocalipsis como marco interpretativo
Lo que empezó como una duda personal ha acabado conectando con la gran narrativa escatológica. Las referencias a Irán, a la guerra y a sus efectos sobre los fertilizantes y el hambre han llevado a algunos a preguntarse si no estaremos viviendo los 'tiempos finales'. La identificación de la 'bestia del caballo blanco' con figuras políticas conocidas -se menciona explícitamente a Trump y a Jared Kushner- forma parte de una corriente interpretativa que recupera audiencia en épocas de crisis. La guerra sería, en esa lectura, el desencadenante del hambre profetizada.
No es una novedad en la tradición judeocristiana: cada generación ha visto en sus guerras los signos del fin. Pero la insistencia en esta lectura durante la Semana Santa le da un espesor particular. Frente a la explicación espiritual individual, este discurso ofrece un consuelo de escala cósmica: el sufrimiento personal no sería un capricho divino, sino la contracción previa al parto de un mundo nuevo.
Entre la fe y el escepticismo
Las posturas se han movido en un arco que va de la aceptación serena al escepticismo radical. Quienes defienden la prueba divina sostienen que Dios pone la resistencia para medir el compromiso; si se supera, llega la fuerza inalcanzable a priori. Frente a ellos, los más cautos recuerdan que creer fervientemente en algo no lo convierte en verdadero, y que la historia está llena de convicciones que resultaron monstruosas.
Hay también una tercera vía, inspirada en la psicología junguiana: la disolución del ego previa a una integración superior. Esta lectura, que no niega la trascendencia pero la traduce a términos de crecimiento interior, ha servido de puente entre los polos opuestos. 'Todos somos hijos de Dios', se concluye desde el lado creyente, pero el escéptico replica que el problema es precisamente saber qué puede hacer un padre así, viendo lo que algunos padres hacen con sus hijos en este mundo creado por él.
El equilibrio de fuerzas queda, al final, donde empezó: quien se ha encomendado a Cristo termina agradecido y afirmando que 'Dios encarnado que murió en la cruz y resucitó no tiene rival'. Pero la pregunta sobre el control perdido sigue sin respuesta cerrada. Acaso lo sea, como ocurre en estos caminos, no tanto encontrarla como aprender a convivir con ella.