Depresión en Galicia: el malestar que no sale en la guía turística
¿Qué diablos le pasa a Galicia con la depresión y la ansiedad? La pregunta suena a tópico de sobremesa, pero lleva semanas instalada en la conversación pública y ya se ha colado en el análisis de salud pública. La comunidad presume de «Galicia Calidade», de producto fresco y de vivir al ritmo de la lluvia, y sin embargo, cuando se habla con la gente de allí, el relato se tuerce: antidepresivos como si fueran caramelos, divorcios, sedentarismo y una sensación general de que algo se ha roto.
Lo curioso es que los datos oficiales no señalan a Galicia como la región más deprimida.
Las cifras que desmontan el cliché Castilla y León lidera la prevalencia de cuadros depresivos en España, con un 10% de la población mayor de 15 años afectada, seguida de la Comunitat Valenciana (9,8%) y Navarra (6,7%). Cantabria, con un clima similar al gallego, aparece en el lado contrario, con solo un 3,6%. Así que la ecuación «llueve mucho, luego depresión» se cae por su propio peso. O al menos se queda corta.
Radón, granito y humedad: las explicaciones ambientales Hay quien apunta a un factor menos visible: el gas radón que emite el granito, muy presente en el subsuelo gallego, y que en concentraciones altas resulta perjudicial para la salud. La teoría circula desde hace años en los estudios de riesgos laborales, pero no explica por qué la depresión también golpea en zonas sin granito. La humedad y la falta de sol, en cambio, sí tienen más defensores: meses de lluvia fina y cielo gris acaban minando al más pintado. Pero ojo, porque en el norte de Europa llueve más y los índices de depresión no son comparables.
El precio de la Galicia vaciada: empleo, círculos cerrados y familia La economía tiene más que ver en esto de lo que parece. El empleo escasea fuera de las ciudades, los contactos son difíciles de romper y el círculo social, cuando es cerrado, asfixia en lugar de sostener. Se habla de la familia extensa como red de protección, pero también de sobreprotección, de herencias que convierten la vida en una batalla y de hogares donde el malestar se hereda en silencio. El ejemplo es demoledor: alguien con cuatro pisos en Redondela y otro en Santiago, con una posición desahogada, medicado y profundamente infeliz. El dinero no compra el equilibrio, y la riqueza inmobiliaria no se traduce en bienestar.
El choque de identidades: atlánticos obligados a ser mediterráneos Quizá el diagnóstico más lúcido lo pone quien habla de un pueblo atlántico forzado a interpretar el papel de un pueblo mediterráneo. Galicia es bosque, niebla, piedra, silencio y trabajo; no es sol, terraza, música latina y sociabilidad obligatoria. Cuando se le exige a un gallego ser un italiano con paraguas, la contradicción se somatiza. La depresión aparecería entonces no por ser demasiado gallego, sino por dejar de serlo.
No es Galicia, es el modelo Otra corriente va más lejos: esto no es gallego, es español y, en realidad, del primer mundo entero. El estilo de vida moderno —pantallas, trabajo sin sentido, relaciones líquidas, abuso de psicofármacos— machaca por igual en A Coruña, Madrid o Berlín. La ventaja de Galicia es que el tópico la protege: se carga sobre la morriña lo que es un malestar estructural del capitalismo tardío.
Con estas piezas sobre la mesa, la cuestión queda abierta por donde empezó: nadie sabe bien qué diablos pasa. Pero una cosa es segura: culpar a la lluvia ya no basta. Y mientras tanto, el antidepresivo se ha convertido en el souvenir que nadie se lleva de recuerdo.