El aceleracionismo gana terreno: el deseo de colapso y su factura
Hay un segmento del debate económico español que pide a gritos que todo reviente. No es una forma de hablar. En las conversaciones sobre economía doméstica donde nadie pone filtros, el «cuanto peor, mejor» ha dejado de ser un chiste para convertirse en posición política: colapso financiero global, conflicto abierto en la frontera sur o, sin rodeos, que se vaya la luz varios días. Es la versión casera del aceleracionismo, y su lógica es incómoda. Quienes más lo desean suelen ser quienes menos margen tendrían para sobrevivir al escenario que reclaman.
Qué es el aceleracionismo y de dónde sale
El fenómeno tiene nombre y tiene literatura. Se llama aceleracionismo y su argumento es siempre el mismo: si el sistema está podrido, estirarlo solo agranda la factura; mejor que caiga de golpe y reconstruir sobre las cenizas. Hay quien lo resume en una frase: el fuego purifica. Y hay quien lo enmarca en clave más prosaica, como una fantasía de gente desarraigada, con la vida cuesta abajo, que sueña con una catarsis en la que los que odia sufrirán las consecuencias de sus actos mientras ellos salen reforzados.
El contraataque es tan simple como demoledor, y lo formula una corriente distinta del mismo debate. Si alguien no aguanta su situación actual en un entorno de paz y abundancia relativa, difícilmente va a aguantarla en un entorno de escasez, cortes de suministro y conflicto abierto. El mercado del colapso premia a quien tiene ahorro, red familiar y oficio indispensable. No a quien escribe desde un piso alquilado.
La rana hervida: veinte años de pérdida de poder adquisitivo
El sustrato del cabreo no es ideológico, es material. El diagnóstico más repetido habla de un retroceso social y de poder adquisitivo sin precedentes en apenas dos décadas, con un detalle que chirría: lo peor no llegó con la etiqueta de crisis. El ciclo de bonanza tampoco fue bonanza. Cuando apriete el ciclo malo, avisan, el impacto se notará a escala planetaria.
Los ejemplos que circulan son pequeños y verificables a escala doméstica. Quien tiene trabajo y aun así necesita la ayuda de sus padres para cerrar el mes, gastando con cabeza en facturas y comida. Quien señala que las oposiciones se han convertido en la salida más deseada, por delante de una carrera universitaria. El reventón, sostienen, ya ocurrió; solo que repartido en dosis pequeñas y silenciosas.
El colapso, siempre en tercera persona
Hay un detalle que se repite y que desmonta medio relato: casi todo el mundo habla del colapso en tercera persona. Os van a cortar la luz. Vais a ir al frente. Nunca en primera del plural. Quien describe el desastre no se mete dentro. Es el mismo mecanismo que convierte la catástrofe en la del vecino, la de la ciudad de al lado, la del que votó distinto.
La ira contra los representantes públicos tampoco es un invento reciente. Como curiosidad histórica, el primer político ucraniano arrojado a un contenedor de basura fue Vitaly Zhuravsky, el 16 de septiembre de 2014, a las puertas de la Rada Suprema en Kiev, después de haber impulsado una ley que restringía el derecho a protestar. La furia social no distingue bandos: derriba al que tiene delante.
Marruecos, Putin y el enemigo que rota
El deseo de guerra no se ancla en un análisis militar, sino en una necesidad emocional. El enemigo rota. Primero fue el escenario de una hipotética invasión rusa de Europa. Después, un conflicto abierto en la frontera sur, con la reclamación de Ceuta, Melilla y las Islas Canarias como telón de fondo. Se discute como si la guerra fuera una experiencia digital: seguir el avance de las tropas en directo, como durante el confinamiento, desde el salón. Alguien ha dejado por escrito la factura pendiente de ese entusiasmo: qué harás los días sin luz, sin agua corriente en un edificio, sin médicos para una enfermedad crónica.
No hay en ese relato ningún dato que apunte a un conflicto inminente. Aparece, eso sí, la tesis de que Marruecos mueve ficha solo cuando percibe que Europa deja a España sola. El resto es atmósfera.
Quién paga la fiesta de un reventón
La trifulca ideológica tapa lo que de verdad se está discutiendo: los impuestos, la vivienda y para quién trabaja el Estado. Hay quien sostiene que el deseo de que todo salte es el pasatiempo de quien no tiene nada que perder. Hay quien responde que los partidarios de que nada cambie son precisamente los que viven bien del sistema. Las dos acusaciones son idénticas en el fondo: usas la crisis como excusa para no mirar tu propio bolsillo.
En medio quedan episodios que nadie ha digerido, como la gestión pública de la DANA, citada como prueba de que las instituciones no acuden cuando de verdad hacen falta. Ese es el combustible real: no el deseo de colapso, sino la sospecha de que nadie vendrá a ayudar cuando llegue.
El escenario que más se repite como preferible es crudo: tres o cuatro años duros y después resurgir. Nadie ha explicado todavía cómo se come eso en un cuarto sin ascensor. Si el reventón llega, ¿quién estará en pie para recoger los pedazos?