Del Jaguar XJ40 de 5.000 euros al SL55 AMG de 30.000
Hay una pregunta que separa al aficionado del comprador racional: ¿qué coche se elige cuando no hace falta que sea práctico, ni barato, ni sensato? La respuesta que circula entre quienes ya tienen resuelto el transporte diario se mueve entre cuatro nombres muy concretos: Jaguar Daimler XJ40, Mercedes SL55 AMG R230, Mercedes S420 CDI W221 y Mercedes CL500 C216. El rango de precios que se maneja va de los
5.000 euros de un XJ40 impoluto a los
25.000-30.000 del AMG, pasando por los
3.000 que cuesta un W221 en el mercado británico o las
5.000 libras de un CL500 importado.
El punto de partida lo marca quien abre el asunto: tiene un coche de uso diario inmejorable, así que esto es
puro capricho. No hay que justificar consumo, plazas ni maletero. Solo hay que justificar las ganas.
El Jaguar XJ40: barato de comprar, caro de querer
El XJ40 es el candidato más firme para quien abre el asunto, y también el más irracional. Se le reconoce como un cochazo bien construido y cómodo, pero por debajo del resto en tecnología: los otros tres son, a efectos prácticos, coches actuales. La ventaja es el precio de entrada,
5.000 euros por una unidad impoluta, y la trampa es la reventa, que se describe como complicada. La respuesta a eso es contundente: cuando se pille un XJ40, es para quedárselo.
El motor se califica de gastoncete pero muy fiable y agradable de conducir. Y hay un detalle de mercado que rompe el manual del importador: mirarlos en Reino Unido no merece la pena porque su cotización allí es muy similar a la española. No siempre el mercado británico es el chollo que se supone.
El SL55 AMG R230: el V8 que conserva valor
Aquí se habla de
el último gran SL, con diseño espectacular y acabados de Mercedes. Con un 500 bastaría, pero lo que atrae es el AMG, que en esta versión monta el
M113K, un V8 5.5 de
500 CV descrito como indestructible. El problema es el desembolso:
25.000-30.000 euros frente a los 5.000 del Jaguar. En Reino Unido se han visto por
15.000 y menos.
El análisis que más peso tiene en la conversación señala tres cosas. La primera, que un AMG es un AMG y conserva mejor el valor, además de ser más fácil de vender. La segunda, que el M113K es carne de perro, potenciable y con un sonido que se elogia sin matices. La tercera, que el tamaño del SL encaja mejor para ir solo o en pareja, aparcar y moverse. El inconveniente asumido es que es un biplaza, algo que quien plantea el asunto despacha con un argumento doméstico: la mayor parte del tiempo va solo o con un acompañante, y así se evitan acoples no deseados.
El S420 CDI W221: el capricho que se disfraza de razón
El más racional de los cuatro. Amplio, práctico, con todas las modernidades y un V8 biturbo diésel que se describe como indestructible y con un empuje contundente a cualquier régimen. Ya se tuvo el mismo motor en la carrocería anterior con buena experiencia. El argumento de fondo es que la versatilidad de un turbodiésel gordo en un coche así es difícilmente igualable, aunque se reconozca predilección por la gasolina.
La opción británica queda descartada por un motivo técnico: esa motorización no se ofreció en versión de volante a la derecha. Aquí aparece una de las objeciones recurrentes de la conversación: conducir un RHD en carreteras españolas se califica directamente de tortura. En Reino Unido, un W221 en buen estado se encuentra por
3.000 euros.
El CL500 C216: el cupé que nadie quiere vender después
Es el que se plantea con menos fuerza, aunque se reconoce que es un cochazo espectacular. Un Clase S de dos puertas, derivado del anterior, con conducción muy parecida. La elección sería el V8 5.5 atmosférico de
388 CV. La opción británica aquí se considera casi obligada: los hay por
5.000 libras para aburrir.
El problema no es comprarlo, es soltarlo. Se apunta que el C216 tiene un cliente potencial muy específico y liquidarlo resulta más complicado que un AMG. Es el patrón clásico del capricho: barato de entrar, estrecho de salida.
Lo que cuesta mantener un coche que costó 100.000
La advertencia que recorre toda la conversación es la del mantenimiento. Un coche comprado por 5.000 o 30.000 euros sigue teniendo costes de reparación de un vehículo que costó
100.000 euros nuevo. Se recuerda que hay cacharros magníficos parados durante años porque no se puede hacer frente a la reparación, y se mencionan los hidráulicos de las capotas y sus fugas de aceite como ejemplo de avería incómoda.
La comparación con otras alternativas deja el mapa más claro. Un Bentley Continental GT ronda precios similares al CL, pero los recambios se describen como ridículamente caros y escasos. Un Mazda MX-5 se defiende como coche fabuloso para carteras poco abultadas, aunque se le reprocha estar inframotorizado frente a cualquier roadster serio. Y los coches nuevos con pantallas y asistentes se despachan con una frase que resume el criterio de todo el ejercicio: es lo más parecido a conducir sin saber conducir.
Por qué el mercado británico aparece y desaparece
El patrón de importación no es uniforme y conviene retenerlo. El XJ40 no compensa traerlo porque cotiza igual aquí. El SL55 sí, con ejemplos por debajo de 15.000. El CL500 se considera casi obligado. El S420 CDI es imposible por la configuración del volante. La conclusión práctica es que el ahorro británico depende del modelo y de la motorización, no de una regla general.
Queda una pregunta sin resolver en el material: si el capricho se mide en euros de entrada o en facilidad de salida. El AMG gana en lo segundo. El Jaguar gana en lo primero. El CL gana en precio y pierde en liquidez. Nadie ha cerrado el debate.