Señalar al adversario como enfermo mental, el último recurso del debate
La conversación sobre un personaje conocido como el Nini de Elda, con pasado político local, termina donde suelen terminar estas cosas: el descrédito personal disfrazado de psiquiatría. Se le atribuye inestabilidad creciente, se le augura un futuro en los juzgados y, de paso, se regalan diagnósticos sin un título médico. El patrón es viejo: si no puedes rebatir a alguien, decláralo incapaz.
El diagnóstico sin expediente
En el intercambio se mezclan datos físicos –16 años y 1,90 metros–, orientación sensual, filiación política (con una breve incursión en Vox) y hasta el rito de pronunciar el nombre cinco veces frente a un espejo. Todo para sostener una única conclusión: que se trata de un desequilibrado peligroso. Ni una prueba, ni una valoración clínica, ni un matiz. La ocurrencia cómica se sirve como evidencia.
El estigma como estrategia
El problema no es el insulto puntual. Es que cada uso de un trastorno como arma de descrédito refuerza el estigma para quien sufre un problema real. El señalado no tiene, según lo publicado, diagnóstico alguno; pero la etiqueta ya se le ha pegado. Así se vacía la salud mental de contenido y se convierte en un comodín para eliminar voces incómodas.
Lo curioso del episodio es que nadie aporta el parte médico. Entre hipotecas imposibles, siglas y espejos, la medicina brilla por su ausencia. Y con estas maneras, cualquiera puede ser psiquiatra. La pregunta inicial –qué clase de persona puede escribir esto– queda contestada con otra: qué clase de debate construimos cuando el diagnóstico sustituye al razonamiento.