CETME, MG3 y la del 22: cuál se recuerda mejor tras probarlas
Un historial de tiro que arranca con un
Barret del 12,70 mm, pasa por una ametralladora pesada M2-HB y termina en una MG3 no impide que la respuesta más repetida sea otra: la humilde
carabina del .22 LR. El servicio militar sirvió a muchos participantes para tocar por primera vez un arma larga. De aquello queda una mezcla de nostalgia, precisión técnica y bastante sentido común sobre lo que de verdad resulta divertido disparar.
El catálogo de material probado que se despliega en la conversación es amplio:
CETME L, G36E y C7 —copia del M16—, pistola Llama del 9 mm, Glock del mismo calibre, revólver del .38, ametralladoras MG3 y MG4, la FN MiniMi y el citado Barret. Bajo semejante lista late una idea común: la potencia bruta impresiona una vez, pero no es lo que hace volver al campo de tiro.
¿Por qué la carabina del .22 LR engancha más que un rifle grande?
Porque es barata, limpia, segura y permite jugar. Frente a los grandes calibres, el
.22 LR deja disparar mucho sin destrozar ni el bolsillo ni el hombro, y a la vez exige precisión real: se puede competir a distancia, cambiar miras y afinar la técnica. Sobre el papel parece un juguete; en la práctica es el calibre que más horas de tiro acumula.
No es la única candidata. La
escopeta del 12/70 recoge elogios parecidos por una razón distinta: la versatilidad. Cambiar munición, elegir plomos, montar choques para variar el cono de tiro o usar bala la convierte en varias armas en una. Tiro al plato, caza, dianas de precisión con mira o tiro táctico con punto rojo, todo con el mismo cañón.
Simple y accesible, con menos complicaciones legales que un rifle.
El recuerdo de la
MG3 es agridulce. Su cadencia de fuego la sitúa entre las más satisfactorias de disparar, pero pesa y castiga al descuidado: el cañón y las vainas queman con facilidad. La misma fama arrastra su antecesora, la MG 42, conocida coloquialmente como
la máquina. Más de uno se ha llevado una quemadura cambiando el cañón.
CETME L contra G36: el diseño que nadie termina de cuadrar
La comparación entre el viejo CETME y el
G36 alemán ocupa buena parte de la conversación. El primero, con su característica forma en Z, ocupaba en teoría un espacio similar pese a funcionar por rodillos. El segundo, de polímero, arrastra un cajón de mecanismos que muchos consideran sobredimensionado. El sistema de gases obliga a alojar piezas que el CETME resolvía de otro modo, y las paredes de plástico han de ser más gruesas que las de metal.
El metro de longitud no se ve como defecto para un cuerpo expedicionario destinado a combatir al aire libre. El problema es otro: los cargadores, cuyo reborde se engancha en las cartucheras. Detalles que ningún manual destaca y que en el uso diario se notan.
De los morteros a los misiles: la otra lista
No solo de fusiles vive el recuerdo. Los
morteros del 81 y el comando del 60 mm, este último disparado a mano, aparecen entre las experiencias más valoradas. Los misiles Milan dejaban el campo lleno de cables, y al avanzar tras el disparo hacia el objetivo más de uno acabó enredado y en el suelo. El C90 resulta divertido, pero el viejo bazoka del
88,9 mm —la
churrera— era más hilarante porque había que cargarlo a mano.
Y una advertencia de iniciación: colocar el ojo demasiado cerca del visor del C90 deja el párpado morado una semana entera.
Miras ópticas, avancarga y la letra pequeña legal
Sobre las miras, la corriente dominante defiende que la óptica sea auxiliar y esté respaldada por una fija de similares prestaciones. Un holográfico sin aumento pasa bien; una óptica en tubo, no. Se pierde visión periférica justo al asaltar una cota. Muchos acababan montando la holográfica sobre la mira óptica del fusil, con un resultado poco ergonómico por exceso de altura.
Hay un capítulo aparte para la avancarga. Un rifle español de la marca
ARDESA, el VORTEK calibre .50 INLINE, arrasa en Estados Unidos y aquí apenas se conoce. Se exporta tanto porque allí se amplía la temporada de caza si se emplean armas de este tipo, de ahí que suela estar agotado. La referencia al viejo
Whitworth y sus balas hexagonales —el primer fusil de precisión de la historia, aún en la lista de los tiros más lejanos— sirve para recordar que la avancarga no es cosa de feria.
Cierra el cuadro la advertencia legal. Tener cualquier arma de fuego en España complica la vida, resume un participante. Y ahí conviven experiencia militar, tiro deportivo y caza sin que ninguna de las tres vías se parezca a las otras.
¿La más divertida de disparar? Depende del día, del bolsillo y del hombro. La respuesta honesta tarda más en llegar que la propia lista de calibres.