La Guardia Civil puede inmovilizar tu coche si no superas esta prueba visual
¿Sabía que un agente de la Guardia Civil puede pedirle que lea los números de una matrícula a unos 20 metros? Si no lo logra, su vehículo puede ser inmovilizado en el acto. Así lo establece la normativa de tráfico. La prueba es sencilla, no requiere aparatos y se realiza al borde de la carretera. Sin embargo, la percepción mayoritaria es que esta medida casi nunca se aplica. Y esa contradicción es el centro del debate.
Cómo funciona la prueba
El procedimiento es simple: el agente se detiene a una distancia aproximada de 20 metros y solicita al conductor que lea los números de la placa de un vehículo. Es una prueba de agudeza visual que puede revelar deficiencias que el conductor desconocía. Si no supera la lectura, el agente tiene autoridad para inmovilizar el vehículo e impedir que continúe su trayecto. En teoría, la medida busca evitar que personas con problemas visuales no diagnosticados sigan al volante.
Pero la práctica dista de la teoría. En los foros de conductores circula una queja recurrente: nadie conoce a nadie a quien le hayan hecho esta prueba. Se argumenta que, en realidad, los agentes apenas la utilizan y que, cuando lo hacen, es más un motivo de sanción que una medida de seguridad. La desconfianza hacia la administración es palpable: se sospecha que el objetivo es recaudatorio, no protector.
La letra pequeña: ¿para quién?
Uno de los focos de crítica más duros se dirige a la falta de aplicación a colectivos de riesgo. Las personas mayores, que a menudo superan el psicotécnico con dificultad, son el ejemplo más citado. Algunos apuntan que, en lugar de hacer pruebas a conductores jóvenes, se debería controlar a quienes realmente presentan mayor riesgo, como los octogenarios. La reflexión es incómoda: si la prueba visual es tan importante, ¿por qué no se aplica de forma sistemática a todos?
Además, se cuestiona la coherencia del sistema. Un conductor que da positivo en alcohol tiene derecho a una prueba de aptitud sobre el terreno, como caminar en línea recta, para refutar el resultado. Sin embargo, en la prueba visual no existe esa oportunidad. La asimetría es evidente y alimenta la sensación de arbitrariedad.
Anécdotas que resumen el malestar
En la discusión no faltan relatos que se han vuelto virales y que ilustran el descrédito de la medida. Uno de ellos cuenta que un agente preguntó a un conductor por qué llevaba unas gafas de sol. El conductor respondió que había tenido una avispa en el ojo. El agente, lejos de comprender, descalificó la explicación. La anécdota, verídica o no, se ha convertido en símbolo de una relación tensa entre conductores y cuerpos de seguridad.
Otro episodio menciona a un conductor que fue sorprendido mirando un eclipse solar desde el interior de su coche. La escena, cómica y peligrosa a la vez, plantea la pregunta de si el parabrisas puede hacer efecto lupa. El humor es una válvula de escape ante una normativa que se percibe como cada vez más asfixiante.
La prueba visual es una herramienta más en el arsenal de la seguridad vial. Pero, como tantas otras, queda relegada a la discrecionalidad del agente. Mientras unos ven una medida necesaria, otros ven un peaje más. La realidad es que, a día de hoy, la única certeza es que, si le piden leer una matrícula y falla, su coche se queda. El resto, depende de quién esté a la otra ventanilla.