Mercadona ya no es automático: la guerra por la calidad de Hacendado
La cadena de Juan Roig construyó su liderazgo sobre la confianza ciega en su marca blanca. Pero los consumidores ya no se ponen de acuerdo: mientras unos siguen defendiendo la mayonesa de etiqueta verde y la relación calidad-precio, otros aseguran que el mito se ha desinflado. ¿Quién tiene razón? Los datos del consumo real están sobre la mesa.
Dos corrientes que no se cruzan
La principal brecha separa a quienes compran en Mercadona por convicción y a quienes lo hacen por costumbre. Los primeros destacan productos concretos que aguantan la comparación con marcas líderes: la mayonesa, la leche, las costillas e incluso el jamón de cebo a 53 euros el kilo. Los segundos denuncian una calidad media cada vez más pobre, envases que esconden menos contenido y precios que ya no compensan frente a la competencia.
No faltan los análisis de apps como Yuka que desmontan supuestas joyas como la mayonesa, señalada por no cumplir los estándares de un producto artesanal. El argumento se repite: el supermercado calcula la rentabilidad al céntimo y eso se nota en ingredientes.
El truco del fabricante deslizante
Quizá el hallazgo más valioso de esta radiografía sea el patrón de proveedores. Un mismo envase puede ocultar fabricantes distintos cada pocos meses. El caso más citado es el helado de turrón que cambió de productor en cinco meses y multiplicó las quejas. En snacks y patatas fritas, la rotación se acorta hasta ocho meses.
La consecuencia es una erosión silenciosa de la confianza: el consumidor encuentra su producto preferido, vuelve a por él y descubre que ya no es el mismo. Hacendado se convierte en una promesa variable.
La comparación que duele
Frente a Mercadona, otras cadenas ofrecen alternativas que algunos consideran superiores: la selección de El Corte Inglés, los espárragos de Viuda de Cayo en Alcampo o la mantequilla de pasto irlandesa en Lidl. También hay quien señala que Esclat tiene los mismos precios con más surtido.
La crítica estética tampoco perdona: el nuevo envasado sin nombre de producto, solo con dibujos, recuerda a un economato soviético. La experiencia de compra exprés, de no pensar, ha dejado de ser un valor para convertirse en síntoma de empobrecimiento de la oferta.
El resultado es un mercado en el que la vieja máxima de “si es de Mercadona, es bueno” ya no se sostiene por sí sola. Sigue habiendo joyas, pero requieren búsqueda. Y ahí nadie termina de explicar por qué la percepción de calidad no se traduce aún en una fuga masiva de clientes.