OnlyFans expulsa a las creadoras rusas y bielorrusas
OnlyFans no quiere clientes rusos. Ni creadoras. Tras la invasión rusa de Ucrania, la plataforma de contenido para adultos ha suspendido cuentas de creadoras rusas y bielorrusas, según el relato de las propias afectadas que recoge la prensa estadounidense. Una de ellas, bielorrusa, asegura que la echaron sin motivo. Y el asunto no se queda en el contenido para adultos: el apagón alcanza ya a redes sociales, portales de venta y servicios de pago.
La nacionalidad como criterio comercial, sin más.
La lógica es sencilla de enunciar y difícil de digerir. Si el país está en guerra, sus ciudadanos pagan la factura. Desde el cierre de cuentas hasta la exclusión de compradores en tiendas online, la presión se aplica en bloque.
Divide et impera, resume la lectura más cínica. Otra parte lo ve al revés: castigar a todo un pueblo por lo que decide su presidente es, sencillamente, injusto.
Qué plataformas han cortado el acceso a los usuarios rusos
El goteo es constante. A la medida de OnlyFans se suman bloqueos en portales de contenido como Pornhub, restricciones en redes sociales y vetos en plataformas de venta que excluyen abiertamente a los clientes rusos. Chequia aparece señalada por coartar la libertad de expresión y, en paralelo, quedan fuera eventos culturales y de entretenimiento: hasta Eurovisión entra en el intercambio.
El detalle que más incomoda no es el bloqueo en sí, sino su carácter unilateral y privado. No hay ley que obligue a cada empresa a cerrar una cuenta concreta. Muchas lo hacen por presión reputacional, para alinearse con sus mercados o por evitar problemas con las pasarelas de pago. Cuando una compañía decide quién puede trabajar, el
derecho de admisión corporativo sustituye a la norma.
Y el patrón asusta: lo que hoy se aplica a un pasaporte mañana puede aplicarse a cualquier otra condición. La libertad de expresión no se defiende solo cuando el mensaje gusta.
Por qué castigar a las creadoras por lo que hace su gobierno es un problema
El argumento central de la crítica es este: la creadora de contenido no decide la política exterior de su país. Bloquear su cuenta equivale a tratar la nacionalidad como una falta. Se sostiene que
es tan injusto como lo que se dice combatir y que ni siquiera sirve para presionar a los responsables. Quienes defienden esta postura hablan de
pagar con la población del enemigo.
La contra es conocida: toda sanción económica recae, antes o después, sobre población civil. Las medidas contra bancos o empresas no distinguen entre directivos y empleados. Se admite que el daño colateral es real y que la pregunta es si existe alternativa.
Aquí el análisis se atasca. Si se acepta que la presión sobre la población es un daño asumible en una guerra, entonces OnlyFans no es más que la punta cómica del asunto. Si se rechaza, hay que explicar por qué el ciudadano ruso medio queda protegido, y el bielorruso también, pero el soldado o el funcionario no.
El precedente: de los no vacunados a los rusos
Una de las reflexiones más repetidas es la del precedente. Hace apenas un mes, el criterio de exclusión de ciertos espacios era el estado sanitario. Hoy es la nacionalidad. Mañana, se pregunta con retranca, puede ser la ropa, el barrio o el acento.
Solo espero que no la tomen con los que van en chándal, resume la ironía.
El punto no es menor. Las sociedades que empiezan excluyendo por un motivo plausible rara vez dan marcha atrás solas. Cada bloqueo normaliza el siguiente. Y el aviso que algunos lanzan es directo: ojo con España, porque lo que hoy se aplaude para otros, mañana puede recaer aquí.
No hay evidencia de que exista un plan coordinado para generar tensión interna en Rusia a través de estas exclusiones. La sospecha circula, pero se queda en eso.
El error de dejar el dinero dentro de la plataforma
Uno de los detalles más sangrantes es financiero. La afectada había dejado el dinero acumulado dentro de la plataforma, casi como si fuera un banco. Cuando llegó el bloqueo, el saldo quedó atrapado.
Dejar los ingresos en manos de un intermediario es un riesgo que solo se ve a posteriori, cuando ya no queda margen de reacción.