Chabolas en Madrid: el regreso de la ciudad dual
Entrar por la A-3 hacia Conde Casal es, para muchos conductores madrileños, un ejercicio de realismo sociológico. Cerca del puente de la M-30 y la zona de Adelfas, cientos de chabolas alinean el margen de la autovía. Tiendas de campaña, estructuras de plástico y maderas, hogares improvisados que se cuelan en el paisaje urbano de la cuarta economía de la eurozona. No es un fenómeno aislado: en el parque Tierno Galván han aparecido nuevos campamentos, y en plena calle Princesa, junto al Corte Inglés, una familia de siete personas pasó semanas viviendo en sacos y sillas. Madrid está recuperando, sin complejos, una estampa que parecía cosa de los años 80.
El retorno de un fenómeno que se creía superado
Quienes recuerdan la capital de los 80 saben que el chabolismo no es nuevo. Lo que hoy es Arroyo del Fresno era entonces un mar de chabolas que desapareció gracias a la última gran oleada de vivienda protegida. Vallecas y otras zonas del sur también las albergaron. Pero aquella solución ya no es replicable: construir un piso normal según la normativa actual cuesta alrededor de 150.000 euros, frente al equivalente de 50.000-60.000 de entonces. Los salarios reales, sin embargo, son prácticamente los mismos que a principios de los 80. La cuenta no sale. Y el Estado, esta vez, no puede proveer.
Causas profundas: costes, salarios y demografía
El desmadre demográfico es otro factor. España crece en población más que en los años 60 y 70, impulsada por la inmigración. Pero esta vez el parque de vivienda asequible no se expande al mismo ritmo. Las nuevas promociones, especialmente en los PAU del norte, apuestan por la construcción de semi-lujo: pisos en Valdebebas que no bajan del medio millón de euros. En el corto plazo, Madrid necesita 200.000 viviendas; en el medio, dos millones. Pero el planeamiento urbanístico actual quema suelo sin resolver el problema de fondo: falta vivienda para barrios como Vallecas, Carabanchel o Fuenlabrada, no para compradores de lujo. La paradoja es que, incluso si los precios cayeran a la mitad, muchos de los que hoy viven en chabolas y tiendas no podrían pagar un alquiler estándar. No es solo un problema de precios, es un problema de estructura social.
El debate político: externalidades y responsabilidades
Las lecturas políticas se dividen. Por un lado, se señala a las patronales y grandes empresas que se benefician del crecimiento demográfico sin asumir sus costes: más consumo eléctrico, más deuda, más demanda de servicios sin contrapartida en vivienda asequible. Por otro, se apunta a la inacción de los gobiernos —tanto municipales como autonómicos— que privilegian las promociones de alto standing y descuidan la vivienda social. El arraigo y las regularizaciones masivas son vistos por algunos como una puerta abierta a una presión insostenible sobre el mercado. No hay consenso, pero sí certeza de que el modelo actual está generando una ciudad cada vez más dividida.
¿Hay solución a la vista?
Algunos optan por la huida: mudarse a pueblos de la periferia donde los pisos cuestan entre 80.000 y 120.000 euros. Otros elucubran con la aparición de «chabolacielos», acumulación vertical de infraviviendas junto a las paradas de metro. La realidad es que, en ausencia de una intervención estatal masiva comparable a la de los 80, el chabolismo seguirá expandiéndose. El dato que descoloca: construir una vivienda digna cuesta hoy 150.000 euros, tres veces más que hace cuarenta años en términos reales. Con los salarios congelados, la ecuación no se resuelve ni con voluntad política. La ciudad dual ha vuelto para quedarse.