Un docente ironiza sobre el adoctrinamiento: sus alumnos votarían a Vox
Un profesor de secundaria ha convertido su propia experiencia en aula en un argumento contra el relato que dice que el sistema educativo adoctrina a los jóvenes. En una serie de mensajes públicos, el docente asegura que cada vez detecta más homofobia y machismo entre sus estudiantes y que un porcentaje notable de ellos votaría a Vox si mañana hubiera elecciones. Su conclusión, expresada con retintín, es que si de verdad existiera ese adoctrinamiento progresista del que se le acusa al profesorado, lo estaría haciendo «regulinchi».
El planteamiento ha abierto un pulso que va mucho más allá del caso concreto. Porque si el aula no moldea el voto, ¿qué lo hace? ¿La familia, los amigos, los creadores de contenido que consumen a diario? La discusión derivó rápido hacia el papel real del docente, la supuesta neutralidad de la enseñanza y el efecto rebote que genera cualquier intento de imponer una ideología.
Qué dice el profesor y por qué su tesis incomoda a los dos bandos
El argumento del docente tiene dos patas. La primera es empírica: observa en clase un aumento de actitudes que califica de homófobas y machistas, y un respaldo electoral relevante a la ultraderecha entre adolescentes. La segunda es estratégica: si el profesorado tuviera la capacidad de moldear el pensamiento de los alumnos, esos datos no cuadrarían. De ahí su ironía sobre lo mal que se estaría haciendo esa supuesta labor de concienciación.
La incomodidad es doble. A una parte del debate le molesta que se normalice la idea de que los chavales son machistas y votan a la extrema derecha, como si fuera un fenómeno natural e inevitable. A otra le molesta justo lo contrario: que se use ese dato para desmontar la tesis del adoctrinamiento, cuando ellos sostienen que el adoctrinamiento existe y que precisamente por eso genera rechazo.
Hay quien va más allá y sostiene que el efecto es el inverso al que se busca. Cuanto más se insiste en una determinada agenda desde la tribuna, más se rebela el que está sentado en el pupitre. La imposición, venga de donde venga, acaba generando anticuerpos. Es el mismo mecanismo que se atribuye a la enseñanza religiosa obligatoria de décadas pasadas: muchos de aquellos niños acabaron aborreciendo lo que se les imponía.
El aula como campo de batalla: familia, youtubers y el efecto rebote
La discusión derivó hacia quién influye de verdad en un adolescente. El propio docente reconoce que su capacidad de influencia es mínima comparada con la de familiares, amigos y creadores de contenido. Ese reconocimiento es, en sí mismo, una bomba para el relato oficial: si el profesor no puede competir con un canal de YouTube, la acusación de adoctrinamiento se queda sin base.
En el otro extremo, hay quien defiende que el aula sí transmite una cosmovisión determinada, aunque sea de forma involuntaria. No haría falta un plan consciente: bastaría con cada comentario, cada actitud y cada ejemplo cotidiano para que los alumnos perciban de qué pie cojea el que les da clase. Y los chavales, se argumenta, no son tontos: detectan la diferencia entre lo que se les dice y lo que ven fuera.
El contexto económico aparece aquí como telón de fondo. Una parte del debate sostiene que los jóvenes están viendo que con su salario no pueden comprar un coche, ni sacarse el carnet, ni emanciparse, ni permitirse según qué alimentos. Ese desencanto material, más que cualquier discurso, sería el caldo de cultivo del voto protesta. La consigna de que no tendrás nada y serás feliz, se dice, se ha quedado en eslogan publicitario.
La acusación de adoctrinamiento y su paradoja
El núcleo del asunto es una paradoja que nadie resuelve del todo. Si los profesores adoctrinan, ¿por qué los alumnos votan lo contrario? Y si no adoctrinan, ¿por qué la percepción de que lo hacen está tan extendida? Las respuestas se dividen entre quienes creen que el adoctrinamiento existe pero fracasa, y quienes creen que nunca existió y que la acusación es una cortina de humo para deslegitimar a la escuela pública.
En medio, una corriente que reclama otra cosa: que el profesor enseñe a razonar, a dudar y a escuchar, en lugar de transmitir conclusiones. Un buen docente, se argumenta, no se rasga las vestiduras porque sus alumnos piensen distinto; les da herramientas para pensar y acepta el resultado. La queja del profesor, desde esta óptica, revelaría justo lo contrario: intolerancia hacia quien no comulga con su marco.
La conversación también dejó un retrato generacional. Los adolescentes de hoy han crecido con acceso permanente a información que sus profesores no controlan. Eso les da una autonomía que ninguna generación anterior tuvo. Y esa autonomía, para bien o para mal, hace que el aula sea solo uno más de los muchos inputs que reciben.
Queda el dato que descoloca: el propio profesor admite que su influencia es mínima. Si eso es cierto, la guerra cultural por el aula está mal planteada desde el principio. Y si no lo es, entonces el problema no es que adoctrinen, sino que lo hacen tan mal que les sale el tiro por la culata.