Bukele, 'presidente universal', llega a las calles de España
¿Qué hace un cartel con la cara de Nayib Bukele colgado en una ciudad española? La pregunta no es retórica: la aparición de varias pancartas que homenajean al presidente de El Salvador como «presidente universal» ha encendido una discusión sobre seguridad, justicia y desencanto político que lleva años cociéndose.
El detonante es conocido. Bukele ha hecho de la lucha contra las pandillas su bandera y su resultado electoral. Pero su mensaje también aterriza en España: «Luego tendrá que pagar el precio», llegó a advertir al gobierno español por lo que considera protección a los delincuentes. La frase, recogida por medios como La Razón, resume la impaciencia de quienes ven en el modelo salvadoreño una solución ante el repunte de la criminalidad en algunas zonas.
No falta el contrapunto económico. Mientras Bukele presume de haber «liberado a millones» y no de encarcelarlos, en España la conversación salta a los datos: organismos internacionales colocan al país tres puestos más abajo en el ranking de corrupción y webs de seguimiento cifran el coste acumulado de los casos en 124.235 millones de euros. El contraste entre la promesa de orden y la factura del desgobierno alimenta la paradoja del ídolo ajeno.
¿Qué hay detrás de los carteles?
Las pancartas no han surgido en el vacío. Forman parte de una corriente de opinión que ve en Bukele lo que algunos líderes europeos no ofrecen: contundencia. Los simpatizantes destacan la reducción de la violencia en El Salvador y la mano dura como freno. Los críticos recuerdan que las libertades públicas y el estado de derecho no se improvisan y que las recetas de excepción difícilmente encajan en un país de la Unión Europea.
La polémica roza también asuntos incómodos, como la relación entre inmigración y delincuencia, con informaciones sobre delincuentes excarcelados que intentan pasar desapercibidos en procesos de regularización. Son historias que circulan con cifras y testimonios, pero la mayoría sin contraste oficial.
De momento, no hay reacción formal del Ejecutivo español. Que un mandatario extranjero se convierta en reclamo callejero es, en realidad, una mala noticia para quienes gestionan la seguridad: significa que una parte del electorado ya busca fuera al héroe que no encuentra en casa. Y esa ironía, en plena campaña permanente, no se paga con carteles.