Alicante: el turismo no es el único culpable, según crece el malestar vecinal
El diario Información publicaba hace unos días que los alicantinos se sienten extranjeros en su propia ciudad, y señalaba al turismo masivo como principal responsable. La noticia ha reabierto un debate incómodo: ¿es el turismo o la inmigración lo que transforma el centro histórico?
Mientras el artículo hablaba de expulsión por pisos turísticos y gentrificación, en las trastiendas digitales una corriente apunta a otro fenómeno: la concentración de población inmigrante en barrios como el Casco Antiguo o el entorno de la calle Mayor. Se citan cifras no oficiales (un tercio de la población sería de origen extranjero, con fuerte presencia de colectivos magrebíes y subsaharianos) que chocan con el relato oficial.
El malestar no es nuevo. Residentes de la zona centro llevan años quejándose de la suciedad, el ruido y la percepción de inseguridad. Pero el dedo acusador se dirige ahora también hacia los turistas, a menudo jubilados europeos que consumen paella y se acuestan temprano – un perfil que poco tiene que ver con el de los pisos turísticos del centro.
Lo que subyace es un choque de narrativas. Para unos, el problema es la economía low cost y la turistificación sin control; para otros, la falta de integración de ciertos colectivos y la permisividad municipal con la okupación y el menudeo. Ambas posturas tienen datos parciales, pero ninguna ofrece una foto completa.
La alcaldía de Alicante, con Luis Barcala al frente, mantiene un discurso de promoción turística sin fisuras. Mientras, los vecinos del centro acumulan quejas que ningún gobierno local ha sabido canalizar. El debate, como en tantas ciudades mediterráneas, se reduce a una pregunta: ¿quién tiene derecho a la ciudad?