La caza por persistencia: el mito paleolítico que divide a los expertos
La imagen del 'homo sapiens' trotando durante horas tras una presa hasta reventarla es uno de los tópicos favoritos de la divulgación. Pero, ¿cuánto hay de ciencia y cuánto de deseo en esa estampa? Los datos disponibles dibujan un panorama mucho más matizado: la persistencia fue real, sí, pero no para cualquier presa, ni en cualquier clima, ni corriendo como un poseso.
Hay quien sostiene que es un imposible físico. Un corzo o un caballo adulto deja atrás a cualquier humano en pocos metros; el récord mundial de maratón, 42 kilómetros en dos horas, palidece frente a la capacidad de un équido de galopar a 60 km durante dos horas seguidas. Con esa aritmética, perseguir a un animal hasta agotarlo suena a cuento chino.
La fisiología del agotamiento: por qué el humano puede (a veces) ganar
La clave está en la termorregulación. El cuerpo humano suda para refrigerarse, y puede mantener esfuerzos aeróbicos prolongados cuando el calor aprieta. Un cuadrúpedo con pelaje, a pleno sol del mediodía, se sobrecalienta antes. Los estudios de campo con bosquimanos del Kalahari lo documentaron: seleccionaban días calurosos, presas grandes como el kudú —que refrigeran aún peor—, y se limitaban a un trotecillo o paso rápido, medido con GPS, no a una carrera desenfrenada. La caza por persistencia era una modalidad minoritaria, con condiciones muy específicas. El estudio original, con sus registros GPS y tablas de temperatura, completa el cuadro.
El caballo: la excepción que alimenta la polémica
El caso del caballo es el que más divide. Las crónicas sobre nativos americanos persiguiendo mustangs hasta domarlos han sido puestas en cuarentena: el équido es, junto al perro, uno de los pocos animales con sistema de refrigeración eficiente. Un caballo normal saca 20 kilómetros al mejor maratoniano, y la mayor velocidad punta registrada duplica la de Usain Bolt. Por si fuera poco, en América los équidos se extinguieron hace 10.000 años; los mustangs que persiguieron los indios eran descendientes de los caballos que trajeron los españoles. Esa anécdota, probablemente, mezcla épica con realidad.
Alternativas más plausibles: trampas, emboscadas y lanzamiento
La arqueología y la etnografía apuntan a que la caza prehistórica dependía menos de la resistencia y más de la inteligencia colectiva: embudos de piedra que despeñaban manadas, trampas, lazos, el propulsor de lanzas e incluso el bumerán. Los humanos no necesitaban ser mejores corredores que los animales; necesitaban ser mejores estrategas. Y, desde luego, no hay que imaginar a un grupo de docenas de cazadores alanceando a un bisonte acorralado: la carne llegaba con bastante menos esfuerzo.
La cuestión no se cierra en un titular. Si algún día se demuestra que la persistencia fue una práctica habitual, será con datos de campo y no con anécdotas de película. Mientras tanto, la comunidad científica hace lo que debe: dudar.