Por qué la lengua gallega se percibe de segunda en su tierra
El gallego nunca había tenido tantos altavoces. Es asignatura en el colegio y el instituto, tiene televisión pública, universidad y una administración que en teoría lo usa a diario. Y, aun así, mucha gente sigue cambiando de idioma al descolgar el teléfono, al entrar en una consulta o al ver una cámara delante. El castellano llega cuando hay que parecer serio. Ese reflejo —lo propio es de casa, lo ajeno es lo que vale— es la paradoja que alimenta la pregunta sobre por qué la autopercepción de la lengua gallega es más pesimista que la del catalán o el euskera. La clave no está en el carácter de un pueblo, sino en quién hablaba qué.
El castellano era la lengua del dinero y del cacique
El argumento con más recorrido apunta a un hecho social antes que lingüístico. En Galicia, el castellano fue durante siglos el idioma de la gente de bien de las ciudades: la exigua burguesía, la hidalguía, los pequeños comerciantes, los funcionarios y los caciques. La educación, la administración, la televisión y el mundo del éxito hablaron castellano; el gallego se quedó donde se quedó el campo, cada vez más empobrecido y sin industria. La diferencia con Cataluña y Euskadi no es de grado, sino de estructura: allí hubo una burguesía que hizo de su lengua una bandera de clase y de negocio; aquí, la castellanización de las élites fue tan completa que esas élites acabaron actuando de correa del poder central.
La vergüenza que no sale en las estadísticas
El síntoma más citado es la risa floja. En un centro de formación de A Coruña, un alumno de pueblo que se dirige en castellano a un profesor de fuera recibe el sarcasmo de sus compañeros por hablar fino en el sitio equivocado. La anécdota resume una jerarquía invertida: en otras comunidades, cambiar al castellano puede leerse como traición; en Galicia, cambiar al gallego puede leerse como falta de mundo. Circula incluso el chascarrillo de que el gallego es un español mal hablado, o el español un gallego pijo, según se mire. Enfrente, la réplica es tajante: quien ha vivido allí sostiene que jamás conoció a un gallego avergonzado de la lengua gallega, y que hoy se oye gallego entre compañeras de oficina en Madrid sin que nadie se gire.
¿Hablar gallego abre el mundo lusófono?
Hay una promesa que divide aguas: aprender gallego sería la puerta de entrada a toda la esfera portuguesa, de Brasil a Mozambique. Un viajero relata que recorrió el norte peninsular en bus y que la comunicación con un amigo brasileño era fluida al noventa por ciento, hasta el punto de discutir de política sin traductor. El contraargumento es más terco: el gallego comparte sonidos con el español, y quien entiende el portugués lo entiende por otras razones. La inteligibilidad, dicen, no es simétrica, y a los propios portugueses el gallego les resulta en buena medida indiferente. Bonita promesa, pero a medias.
Del especialito celta a las revueltas irmandiñas
Frente al complejo, otra corriente reivindica la historia larga. Galicia tuvo reino propio, se levantó contra el rey de Castilla en las revueltas irmandiñas y plantó cara a los vikingos. María Pita y su defensa de A Coruña se esgrimen como prueba de que no es un pueblo dócil: se confunde no buscar pelea con dejarse avasallar, y no es lo mismo. En la Guerra de la Independencia, los mandos británicos elogiaron la tenacidad de las milicias gallegas, y Galicia fue el primer territorio español en expulsar a los franceses, ya en 1809. El matiz irónico lo pone quien recuerda que media Europa era celta: de exclusivo, poco.
¿Lastre laboral o patrimonio?
El tramo final es el del aula. Una parte sostiene que estudiar en gallego condena a los chavales a lo local, que teniendo la segunda lengua más hablada del mundo en juego se pierde el tiempo en microlenguas y que sin castellano ni inglés la carrera se estrecha. La réplica llega por dos vías: la primera, que no hay dato que ligue el bilingüismo con peores resultados; la segunda, más de fondo, sostiene que asociar lengua e identidad nacional es un invento reciente, que durante siglos el idioma fue solo una herramienta y la gente aprendía la que le servía para ascender sin dramas. Como le acabó pasando al latín, rematan.
Con la escuela a favor y el prestigio en contra, el gallego libra una batalla que no se decide en las aulas, sino en la cabeza de quien duda antes de abrir la boca. ¿Deja de ser una lengua pequeña el día en que deja de sonar a pueblo?