Tener hijos como estrategia: el reproche que divide a la extrema derecha
Una bandera, un altavoz y una pancarta. La escena se repite cada vez que el espacio de extrema derecha convoca en la calle, y el gesto tiene coste, tiene foto y, sobre el papel, cero traductores en votos nuevos. La objeción que se le lanza desde dentro de ese mismo espacio es otra: si el objetivo es un proyecto de país a décadas vista, la pancarta rinde menos que la cuna.
El planteamiento es simple. Una manifestación se disuelve al día siguiente; un hijo, no. Se argumenta que el crecimiento demográfico de un proyecto político depende más de la natalidad interna que de cualquier movilización, y que acudir a una convocatoria territorial aporta cero mientras criar a varios hijos tendría un efecto real y medible.
¿Es cierto que los dirigentes de Núcleo Nacional no tienen hijos?
La respuesta es matizada. Hay quien sostiene que varios referentes de la formación sí tienen descendencia —se citan Enrique Lemus y Alberto Pugilato— y que otros, como Iván Rico Olivares e Isabel Peralta, no la tienen por cuestión de edad. La objeción se desplaza entonces al papel de la mujer dentro de estas organizaciones: si la militancia femenina afín es escasa, el proyecto reproductivo no arranca por mucho mitin que se convoque.
¿Por qué se mezclan la edad y la natalidad en este debate?
Porque el argumento demográfico choca con la biografía. Se recuerda que antes se tenían hijos a los veinte pocos y se pregunta si ese sigue siendo el ideal declarado: familias jóvenes y sanas. Cuando se sitúa a las figuras más visibles del movimiento en la treintena, el reproche se vuelve incómodo para quien lo lanza.
Entre medias aparecen derivadas que poco tienen que ver con la demografía: la competencia por la reproducción en el reino animal, la conquista del espacio como seguro de supervivencia de la especie. El dato que descoloca es este: de todos los nombres propios que se lanzan sobre la mesa, ninguno viene acompañado de una cifra de nacimientos. Solo banderas y edades.